No soy un experto en el tema y
pretendo dejarlo claro desde un principio. He hablado y he escuchado a
profesionales de la industria taurina, así como también lo he hecho con las
personas que se oponen pasionalmente a las corridas y, luego, me permití asistir
a una corrida para establecer yo mismo mi opinión sobre el asunto. Recuerdo
ahora cuando mi padre se iba los domingos de enero y febrero a la Santa María,
recuerdo mis reproches por el maltrato animal y lo mucho que censuraba su
comportamiento. Para mi no era más que un espacio donde un grupo de beodos se
reunía bajo el sol a ver cómo acribillaban a un indefenso animal, mientras
departían sobre un arte que no creí existiera y se emborrachaban. Recuerdo
también cuando mi padre, el mismo al que censuré centenar de veces, me llamó
desde Manizales a decirme que si no indultaban al toro Abogado iba a saltar al
ruedo y se hacía matar por él. Entonces no comprendí. Hoy, después de todo lo
que he visto, sé que yo lo hubiera acompañado.
Y es que las corridas no son un
lugar para celebrar la muerte, sino la lucha por la vida. El brío, el temple,
el valor, el no flaquear ni bajar la cabeza son una metáfora de la existencia,
de los verdaderos valores que están impresos en obras de la cultura de
occidente como La Ilíada o La Odisea. Recuerdo las vicisitudes que afrontó
Ulises en su atropellado regreso a Ítaca y no puedo más que compararlo con la
faena donde un toro lucha por su derecho a vivir.
Entonces vamos a la plaza por el
animal, con la esperanza de verlo en plena gloria, con la esperanza de verlo
sobrevivir. No voy a defender al toreo como el arte suprema, pues caería en el
lugar de la arrogancia de tantos aficionados taurinos que tachan a los que no
comprenden la lidia de ignorantes. Para mi la fiesta está revestida de un
fuerte atributo estético y, por encima de la bota con manzanilla y jerez, yo
voy a los toros precisamente a admirarlos. Porque nada hay más bello a mi
entender que un toro que busca con la fuerza de su embestida y la precisión de
sus ataques el indulto.
Podría extenderme largo sobre
cada uno de los momentos de la lidia, defender el por qué de las banderillas y
las picas y caer en tantas discusiones que ya han circulado por allí, con
mejores argumentos que los que un aficionado amateur como soy pudiera plantear. Una cosa si es cierta y es quizá
lo último que deba decir: el toro de lidia está hecho para el combate. Ninguna
otra razón garantiza su existencia más allá de la fiesta. En los tiempos que
vivimos es imposible pensar al toro de lidia como un animal para la ganadería:
su fiereza hace imposible su crianza a gran escala, por lo que sólo un toro requiere
del mismo espacio que un elevado número de vacas para ser criado, para crecer.
No es sino encerrar a dos toros de lidia en un terreno de mil metros cuadrados.
Se matan. Lo llevan en la sangre. El momento donde el toro manifiesta más
estrés es justo antes de entrar en el ruedo. No porque, como han asegurado
varias fuentes de internet, al toro se le maltrata antes de la lidia, o se le
pulan los pitones (sus cuernos), o se le mezcle su alimentación con píldoras diarreicas.
No. El momento es estresante porque el toro cree que se va a enfrentar con un
igual, con otra fiera por la que tendrá que luchar su territorio.
El toro está hecho para el
combate, para morir en el ruedo o para que su nombre se eleve para siempre en
la memoria como el de aquel animal regio que logró ganar su vida, que tanto
luchó sin flaquear que obtuvo por fin el indulto, pues una plaza a gritos así
lo exigía. A ese toro voy a ver yo. A ese toro es al que me le quito el
sombrero y por el que celebro con un trago. De ese toro es del que hablo cuando
han pasado los días. Tengo necesidad de ver a la estirpe de Abogado siguiendo
los pasos de su progenitor. Tengo necesidad de ver una corrida donde el toro no
desfallezca porque es una metáfora de la vida misma, un recordatorio de que yo
tampoco me puedo dejar vencer.
Quisiera decir, ya para concluir, que
la fiesta me ha enseñado tantas cosas como no logré aprender en el colegio o en
mis años universitarios. Las máximas taurinas han prefigurado mi
comportamiento. Alguna vez Manuel García Cuesta, "El Espartero"
pronunció su famosa “más cornás da el hambre” refiriéndose a una cornada que le
costaría la vida. En esas cinco palabras he configurado mi existencia, la
necesidad de seguir luchando. He aprendido a luchar, a no desfallecer, a que si
caigo es menester levantarme y seguir dando guerra, siempre con la cabeza en alto,
siempre bajo el sol. Y quizá algún día la vida me regale el indulto, para por
fin poder empezar a vivirla.