martes, 1 de abril de 2014

Líneas rojas



Decidí celebrar mi cuerpo cuando, tras terminar mi relación con Catalina, me encontré obeso frente al espejo. Unas líneas rojas recorrían de extremo a extremo mi estómago, trazando los pliegues de piel que se doblaban sobre las costillas al sentarme frente a un escritorio. Imaginé a Catalina, ahora libre de mi prisión de carne inmensa, conociendo a un hombre atlético, acariciando con sus manitos menudas su abdomen perfecto por sobre su camiseta tibia al auxilio de los neones de un bar. Imaginé a este cuerpo abstracto, como una ruina griega de la que sólo sobrevive el croquis de su anatomía y cuyo rostro se ha borrado por la arena y el paso terrible del tiempo, recorriendo el cuerpo desnudo de Catalina sobre unas sábanas blancas, signando con sus besos cada parte de su geografía que yo había poblado con mis caricias y mi saliva.
            Yo también tendría entonces a una mujer preciosa. Volvería al gimnasio a entrenar, levantaría pesas, comería balanceado, dejaría la bebida y los azúcares y, por sobre todo, trotaría una hora diaria en las caminadoras de última gama cuyo uso merecía por el simple hecho de pagar una matrícula en la universidad obscenamente costosa que ofrecía, entre otras cosas, el acceso al gimnasio con sus máquinas estáticas, las cintas que giraban sobre sí enfrentando una ventana donde, un poco más atrás de las canchas de fútbol, se adivinaba una vegetación tupida como un escape a la metrópoli allá abajo con el ruido de los carros, a la presencia de Catalina en cada uno de los lugares que visitamos, al fantasma que, caminando por los caminos del campus podría materializarse al doblar equivocadamente una esquina, al abrirse la puerta de un ascensor.  
            Empaqué la ropa en una tula y ella se convirtió en mi mejor compañera a lo largo de los días que siguieron. Abandoné el proyecto de darle fin a la obra de Conan Doyle que cargaba como un ladrillo inmenso en mi maleta para abrir espacio para el desodorante, el jabón y la toalla y todo aquello que precisara para limpiarme una vez terminara el entrenamiento. A mi modo de ver había algo de catarsis en volver al gimnasio cada tarde cuando las clases terminaban, en rechazar el cigarrillo para comentar algún apunte del profesor con quienes asistían a las cátedras, en guardar todo el aliento para botarlo en emanaciones hirvientes de mi pecho, mis axilas y mis piernas hacia la ventana que ventilaba la sala de ejercicios y, con esos suspiros de mi cuerpo, se iría borrando la presencia de Catalina, cada una de las huellas invisibles que había dejado sobre mi piel. Como una vela que lentamente se consume, derritiéndose sobre los trazos de su molde. Porque Catalina me había creado a su manera con sus manos artesanas, inventando los contornos de mi piel que, mientras corría lejos, no olvidaban los trazos de sus dedos.
            Después del viacrucis del ascenso hacia el gimnasio, fatigado, me desvestía con pudor frente a los cuerpos esculturales de los atletas, alienado de su carne, imaginando que cualquiera de ellos podría ser el próximo amante de Catalina, tratando de adivinar qué brazos habrían de levantarla del suelo en un mimo intenso para darle vueltas mientras ella recogía sus pantorrillas sobre el reverso de sus muslos y cerraba los ojos para dejar por fuera de su cuerpo nada que no fuera ese férreo abrazo. Entonces recogía una toalla sobre mi espalda y  me encaramaba sobre la caminadora, oprimía unos botones y veía, en un monitor entre mi cuerpo y los árboles tras la ventana, la proyección de una pista olímpica que sería recorrida por un diminuto punto rojo que iba dejando su estela como un caracol, conforme mis piernas aceleraran sobre la banda que giraba sobre sí misma.
            Y entonces la sensación de abatimiento. Era extraño correr. Sentía mis pasos repiquetear sobre la banda, primero el talón y luego la punta del pie, con los dedos doblados en un ángulo extraño, y otra vez el talón del otro pie y luego el primero, marchando, acelerando conforme mis dedos apretaban los botones para aumentar la velocidad, tratando de dejar atrás el cuerpo de Catalina desnudo en la madrugada, mientras el mío se iba formando, endureciendo, quemándose.  La máquina recibía mi trote tranquilamente sobre la banda que giraba sobre sí misma.
             La mecánica del ejercicio me sorprendía: el monitor registraba la distancia recorrida y sin embargo no estaba más cerca de los árboles frente a mi ventana, seguía ocupando el mismo lugar y, entre más velocidad le ponía a la máquina para que la cinta girara, más cansado me sentía de permanecer anclado en ese punto del espacio. El punto rojo daba vueltas recorriendo un espacio de cuatrocientos metros para volver sobre el punto de partida, momento en que el recorrido que había dado y que se enseñaba con una estela roja como la cola de un comenta, se desvanecía. Como si nunca hubiera estado allí.
            Claro que se iban registrando las vueltas que yo daba y luego un medidor las convertía en kilómetros. No obstante, me sentía atrapado, sin poder avanzar y, conforme intentaba escapar del recuerdo de Catalina, reparaba con horror cómo el punto rojo volvía sobre su paso y desvanecía su avanzada. Dando vueltas en redondo volvía sobre el punto de partida y el recuerdo de Catalina me atrapaba, asfixiándome como lo hacía el ritmo cansado de mi respiración sofocada.
            Frente al espejo me veía más delgado, o menos gordo. La piel se iba adhiriendo a los huesos, la carne no colgaba móvil como antes sino permanecía firme y pétrea. Sin embargo, las líneas rojas de la piel plegada permanecían sobre el estómago, aunque ya no se doblaba mi abdomen sobre sí mismo, como un monstruo que se devora desde adentro, masticando su rostro y halando la piel de todas las extremidades hacia sí. Decidí pues, doblar esfuerzos, comer menos y aumentar las series de ejercicios Me quedaba dormido en las clases y siempre el cuerpo me dolía, recibiendo golpes invisibles por cada uno de sus flancos mientras caminaba o permanecía sentado. Aun así, pese a los alaridos silentes con los que me recriminaban mis sistemas, todas las tardes volvía a la caminadora donde intentaba correr siempre un poco más, algunas decenas de metros en relación al día anterior, sobre la banda que se repetía en su avance, sobre el camino donde no quedaba registro de mis huellas.
            A veces me preguntaba si esas marcas rojas que me habían llevado a constatar mi obesidad, el descuido en que quedó mi cuerpo una vez sonó el último portazo y Catalina salió definitivamente de mi vida, no era el camino que el punto rojo recorría dando vueltas a la animación de la pista olímpica. Como si por un arcano designio del destino, o porque a Dios le gusta escupirme en el rostro, nunca fueran a desaparecer las trazas de mi pasada obesidad, de Catalina tatuada en mi piel como la cicatriz de un rasguño o una puñalada que llega en las primeras luces de la madrugada, y cada que avanzara más las líneas rojas se irían intensificando, como tierra virgen sobre la que pasa una y otra vez el arado de un campesino. Seguía corriendo todas las tardes y obviaba el llanto que se me anudaba en la garganta por la ausencia de Catalina, como si las lágrimas pudieran desdoblarse en el sudor de mi cuerpo hirviendo y, en vez de llorar por los ojos, lo hiciera con todo mi cuerpo que iba puliéndose como las rocas de la costa que durante miles de años han recibido el azote de las olas saladas que les dan forma o las pulverizan en arena.
            Creía que Catalina se escondía entre la grasa de mi cuerpo, en los rollos de grasa de mi espalda o en los pliegues de mi estómago amorfo. Lo cierto es que comprendí muy tarde que no estaba enfermo por su ausencia, sino que era precisamente su presencia la que me habitaba como un parásito, devorándome desde adentro. Por eso no importaba cuánto corriera o cuánta distancia recorriera, la presencia de Catalina no me perseguía sino que era parte de mí, como un niño asustado que escapa de su propia sombra y piensa que van detrás de él todos los demonios del mundo y no sabe que esas bestias terroríficas que trepan por las paredes, se escurren por entre las rocas y se multiplican a voluntad por entre los rincones vienen de sí mismo, del lado solitario y lleno de miedo de su corazón. La banda corría sobre sí misma y el monitor avanzaba veloz mientras mis piernas ardían de dolor al trotar, pues ya no eran de blando tejido sino de piedra maciza conforme el punto rojo avanzaba por sobre la imagen de la pista olímpica, próximo a llegar a los cuatro kilómetros. Conforme el tiempo restante del entrenamiento marcado desde el comienzo de la rutina se acercaba al final, el punto diminuto se acercaba al punto de partida. Al llegar los segundos al cero el punto volvió sobre sus pasos y su estela roja se desvaneció en el monitor, dando paso a una caricatura en pixeles de una entrenadora con cola de caballo que me felicitaba por mis avances, conforme el estómago ardía como si lo marcaran con fuego. Me recosté sobre la banda caliente y vi mi sombra jadeando, pero el cuerpo no me respondía para escapar de ella. Y Catalina que se materializaba en cada esquina del gimnasio, tras las ventanas o encaramada en los árboles a los que nunca había alcanzado a llegar. Y las líneas rojas que me tallaban el abdomen, que no estaban afuera de mí sino que me habitaban como caminos de mordiscos que pequeños gusanitos iban dejando tras de sí, desbaratando mis sistemas. Me sequé el rostro con una toalla y ya no supe si eran lágrimas o sudor la inscripción líquida de mi cara en el tejido de algodón.

viernes, 5 de julio de 2013

Casa de muñecas



En la esquina de la calle Belial y la avenida Sabba existe una casa con las ventanas tapadas con pedazos de cajas de cartón. Para un desconocido que camine por ahí, la casa pasa desapercibida. Después de todo es un edificio antiguo, invadido  por el moho que amenaza con devorar la ciudad, sucia de graffitis y afiches que se remontan al año en que Madonna se presentó por única vez en la capital. No obstante, para los entendidos, el símbolo de una serpiente en aerosol rojo en la parte inferior de la puerta, es una invitación para degustar de los más deliciosos placeres de la ciudad.
            A la entrada, una mujer obesa y vieja, sentada en un sofá roto y desteñido, recibe las chaquetas y gabanes de los clientes. Luego, sin levantarse de la silla, les enseña el salón donde bailan las muñecas. Les llaman muñecas porque aún no han abandonado la pubertad.
            Las muñecas están obligadas a llamar papá a los clientes y abuela a la anciana obesa sentada en la mecedora de la entrada.
            El show no difiere en gran medida del de los demás bares de streap-tease. La única particularidad reside en el hecho de que éstas bailarinas apenas están desarrollando sus atributos femeninos.
            En una tarima con un largo tubo metálico las muñecas se menean al ritmo de la música. No llevan lencería. Visten pequeños calzones con figuras de Disney o de caricaturas de moda. Estela, por ejemplo, se caracteriza por sus prendas con estampados de pokemones y un elástico verde tan gastado que, cuando baila, se escurre hasta la ingle, revelando un vello púbico incipiente, apenas  una ligera sombra peluda.
            Cuando las muñecas cumplen quince años son llevadas a otras casas de la ciudad. Para los clientes de la Casa de Muñecas han perdido todo su atractivo. El encanto radica en la inocencia de las muñecas por ello, si lloran en el escenario, los clientes aflojan su corbata y se relamen el vodka de los labios. Algunos de ellos afirman que es la máxima delicia.
            Por una tarifa especial se puede proceder, en compañía de una muñeca, a las habitaciones de fantasía. Allí las paredes están revestidas de empapelado que remite a Alicia en el país de las maravillas, a los castillos acuáticos de la Sirenita o a los de Aladín. Hay columpios y muchos cojines. A veces, un bol de cristal lleno de dulces que las muñecas chupan para quitarse el mal aliento y el sabor salado de la boca.
            Por las mañanas entre las ocho y las doce, las muñecas tienen la libertad para jugar con las barbies que les regalan los clientes que han desarrollado especial afecto por ellas. Sin embargo poco duran éstos juguetes pues las muñecas prefieren quemarles la zona púbica con los cigarrillos que roban a la abuela o que les regalan sus padres. Dicen que no se sienten cómodas con una muñeca tan limpia.
            Nadie sabe de dónde vienen las muñecas. Nadie sabe tampoco a donde son enviadas tras cumplir los quince años. No es que importe mucho. Al alcanzar ésta edad sus articulaciones se mueven con dificultad, casi rechinando, su rostro parece de alguna manera derretido y, por más que lo intenten, no pueden peinarse, de manera que su cabello se encuentra siempre desordenado.    

domingo, 16 de junio de 2013

Conejo asado


Cuando todavía tenía familia por fuera de la ciudad era usual que viajáramos por carretera dos veces por mes a visitarlos junto con mis padres que aún seguían casados. Eran visitas  terriblemente aburridas. Mi hermano tenía problemas de otitis y el cambio de presión en el viaje lo alteraba de forma tal que no dejaba de llorar durante todo el trayecto. Yo trataba de calmarlo haciéndole ver los árboles que se sucedían rápidamente tras la ventana del carro. Él no dejaba de llorar y mi papá, que por demás detestaba manejar, se sentía frustrado y al borde de un ataque de nervios. Desde el asiento de atrás podía ver cómo las venas de su sien palpitaban cubiertas de sudor y ello me asustaba profundamente. Siempre he sido una persona nerviosa y en esos momentos creía que nos íbamos a estrellar contra los camiones que nos adelantaban en curva y parecían no preocuparse por nosotros. Sin embargo, cuando llegaba la hora del almuerzo, la atmósfera se calmaba un poco pues nos acercábamos a un restaurante sobre la carretera que servía conejo asado. Sólo entonces mi hermano se tranquilizaba ya que disfrutaba tanto como yo de ese plato relleno de queso derretido y que tenía  carne suave y jugosa.
            El restaurante pertenecía a un argentino obeso y al borde de un infarto que siempre nos recibía con una sonrisa grasienta e inmensa. Nos agarraba los cachetes con fuerza y luego nos acariciaba tiernamente las mejillas con sus manos rojas, gigantescas. El local era atendido por jovencitos que no llegaban a la mayoría de edad. Tenían la piel como gastada y caminaban con una profunda tristeza, sorteando las mesas de madera chueca y húmeda del local.
            El argentino se sentaba en una sala oscura decorada por sofás de estampados verde chillón, como la vegetación que circundaba al local. Su rostro estaba dibujado por la opacidad de la sala y una extraña lámpara con pantalla de vidrio, también verde, de forma que la inmensa criatura que siempre jadeaba parecía, sentado de esta manera, un monstruo del pantano, cubierto de algas y porquerías ocultas bajo el barro. Yo lo veía fumar lentamente unos puros robustos que desprendían un humo espeso que, a la luz de la atmósfera verde, parecía una bruma fantasmagórica sobre las ciénagas, como si bajo ese humo que flotaba despacio por la habitación se escondieran cocodrilos hambrientos en el silencio espectral. Le brillaban los ojos embebido en la contemplación de los jovencitos que corrían de un lado a otro cargando papas fritas, sopas y conejo asado.
            No recuerdo mucho de esos días. Sólo me llegan algunas imágenes y sensaciones que, puestas en contraste hoy, me suscitan un frío en la espina dorsal y los brazos. Sabía que a mis padres no les gustaba ir allí. No era la comida, pues el conejo asado de ese restaurante era excelente, hasta el punto que estoy seguro que jamás he comido otro mejor. Era otra cosa que en ese entonces no podía comprender. No obstante era obvio que a mis padres les desagradaba la atmósfera del local, tan postizamente tradicional como si hubiesen sacado de un catálogo de lo típico una cantidad de cuadros, artesanías y dichos arrieros y los hubiesen colgado en la pared de madera sintética sin ningún criterio aparente. Supongo que algo no encajaba y entonces ya podía preverlo. Sin embargo, mi hermano se olvidaba del dolor de su oído y devoraba las papas fritas con satisfacción mientras los jovencitos con delantal verde lo veían suspirando cuando ahogaba las frituras con ají y salsa de tomate. El argentino jadeaba en su sofá de estampado floral y sus ojos brillaban desde la sala opaca, mientras fumaba sus robustos tabacos, llenando el aire del local con un tufo a aserrín, vómito y madera quemada.
            Un día en  particular, que por algún azar simbólico quedó guardado por siempre en mis recuerdos, nos sentamos contra una pared de madera sintética. De ella colgaban cuadros derruidos por la humedad tibia del restaurante y los paisajes se difuminaban en atmósferas infectadas de hongos y podredumbre. Me quedé largo tiempo absorto en un cuadro. No sé qué me atraía de ahí pero me resultaba perturbador por lo que sucedía con los pigmentos descarapelados. En él se veían retratados una camada de conejos que pastaban por una pradera iluminada por el sol, atrás se extendían unos árboles difusos que se perdían en una sombra verde. En la mitad del lienzo, como una amenaza silenciosa, un hongo verde había empezado a crecer sobre los conejos. No sé si era producto de la humedad, de mi imaginación o de la poca luz del local pero, por extraño que parezca, los conejos me parecían aterrados, como si tuvieran consciencia del hongo que los iba a devorar, como si trataran de salir del lienzo y quisieran correr por sobre las mesas hacia la salida y la vegetación que circundaba al restaurante, dejando sus pequeñas huellas de barro y óleo por sobre toda la mesa. Pero permanecían estáticos, encerrados en ese cuadro que se cerraba sobre ellos, pudriéndolo todo a su paso.
            Ese día el restaurante estaba a reventar y los meseros vestidos con el delantal verde volaban eludiendo las mesas y las sillas con sorprendente velocidad, como si no hubiese obstáculos y estuviesen andando tranquilos por una pradera. Había uno que se quedaba atrás, un tanto desubicado y contrariado entre los gritos, el olor a conejo asado y el humo del tabaco del argentino que fumaba en la sala oscura. Probablemente era el más joven de los meseros y, cuando salió de la cocina de espaldas, cargando una bandeja que por la cantidad de platos apilados le bloqueaba en gran medida la vista, supe que algo terrible iba a ocurrir. No alcanzó a dar tres pasos cuando un jugo de se le regó sobre el pecho y, tal vez sorprendido por el accidente, dejó caer los platos, uno tras otro al suelo. El arroz se desparramó por todas las tablas de madera envejecida y un conejo asado, que se había abierto en dos, escurrió sus entrañas tibias y cubiertas de queso a pocos centímetros de nuestra mesa.
            Entonces se oyó el grito terrible. Ya los cuchillos habían dejado de cortar la carne jugosa del conejo, las bocas no sorbían aparatosamente los jugos espesos y las risas habían cesado en el mismo instante. La caída de los platos anticipó el grito y, en el silencio que se había generado por el accidente, el grito sonó aún más estridente y espeluznante. La criatura de la sala oscura había despertado de su letargo y con toda la fuerza de sus entrañas inmensas el gritó brotó con fuerza, como un volcán dormido que de repente se riega con su magna ardiente sobre un poblado miserable. El miedo me dejó suspendido en el tiempo en un instante frío y mi hermano pareció recordar los dolores de la otitis en su oído. En ese momento el mesero se echó a llorar. No era un adulto pero mi papá decía que los hombres no lloran y ahora que recuerdo eso me llega de nuevo la impresión de extrañamiento que sentí. En la casa había roto platos y vasos por accidente, incluso una vez rompí una lámpara de porcelana que no se pudo reparar y, aunque temí por la salud de mis nalgas poco acostumbradas al cuero bajo la lluvia fría de la ducha, no se me hubiera ocurrido llorar. Después de todo era un restaurante y seguramente tendrían muchos más platos, arroz y conejo asado. Por ello no entendía el terror en el rostro del joven con delantal verde. Un segundo grito lo llamó a la sala verde y, con resignación, caminó los pocos metros con la desesperación del que recorre el camino a la horca. La puerta se cerró con un golpe seco y el ruido regresó lentamente a inundar la atmosfera del restaurante. Los cuchillos volvieron sobre la carne de conejo, las bocas bebieron los jugos espesos y las risas se alzaron por encima de los gritos terribles que llegaban de la sala oscura.
            Me quedé expectante. Sentí crecer el hongo sobre el cuadro y las manos me sudaron por debajo de la mesa. Pasaron quince minutos o quizás menos pero para ese entonces el tiempo se había hecho tan denso que pude sentir cómo me crecía el pelo y las uñas. Por fin la puerta se abrió con tranquilidad, casi inadvertida y el joven de delantal verde salió caminando extraño y con la cara roja. Las lágrimas se le habían secado en el rostro y sólo quedaba en sus ojos una expresión de terrible tristeza, como si quince años lo hubiesen alcanzado de golpe y recordara distante su juventud dejada al viento. De la sala verde un olor extraño se mezclaba con el humo de un tabaco recién encendido mientras la criatura volvía a su letargo, jadeando en la densa oscuridad de su guarida. Nuestro conejo ya debía a estar por salir y mi hermano olvidó de nuevo el dolor profundo de su oído. Mis padres, por otro lado, se mostraron más tensos y ansiosos.
            El mesero vino con nuestro plato por fin. El conejo humeaba sobre una bandeja de latón o algún otro material barato. En sus ojos muertos no se podían adivinar los rastros de algo que alguna vez había sentido, respirado y, tal vez, amado. Me pregunté si los conejos lloraban por primera vez y luego advertí la mirada del joven de delantal verde sobre mi hermano y sobre mí. Entonces una voz no mucho mayor que la mía se dirigió a mi madre y le dijo:
            ― Cómo están de bonitos sus niños, señora. ― la voz salía con dificultad, como si algo les estorbase en la garganta― Tiene que cuidarlos mucho. Hay gente muy mala allá afuera, que se aprovecha de uno porque uno tiene que comer. ― miró al argentino jadeando en la sala oscura y una lágrima cayó sobre el conejo asado.
            Comimos en silencio y volvimos sobre la carretera rodeada de verde. Mi hermano ya no lloraba y dormía tranquilo. Mi padre respiró aliviado y mi madre permaneció en silencio. Por un instante me pareció ver un rostro triste que se asomaba por una de las ventanas empañadas del restaurante, como uno de los conejos atrapados en el lienzo hasta que el hongo terminara por devorarlo;  pero el carro arrancó rápido y sólo pude ver el verde de los árboles que se sucedían en densas manchas difusas. 

martes, 26 de febrero de 2013

El taburete


Cuando quieres emborracharte poco importa el veneno de turno. Así es que, aplastado en un taburete alto, dejo que las horas trascurran inaprensibles tras la ventana del bar. Carlos limpia una mancha inexistente de un vaso de cristal desde hace varios minutos, tres dedos revestidos de tela inmaculada, el mecánico movimiento de recorrer el borde del vidrio, como si tratara de borrar la huella de unos labios ausente. Me inclino a pensar que María volvió. Habrá cruzado la puerta, dejando tras de sí el sonido terrible de una campanilla que, antes que invitarla dentro, advertía su presencia. Como la trompeta mensajera que augura el avance del enemigo.  Imagino su fantasma sentado en un taburete como el que ahora ocupo, la punta de sus tacones flotando en el aire y sus muslos indómitos en todo el esplendor de la carne tensa en un ángulo perfecto, el suficiente para ocultar promesas salvajes bajo el doblez de su falda negra. Habrá abierto su boca, las fauces seductoras de un réptil escupe fuego legendario, y con un susurro sensual habrá solicitado de Carlos el único servicio que puede proveerle: veneno.
            La tarde se diluye en naranjas violentos sobre el gris del concreto y recuerdo la ficción poética de “beberse el día”. Enciendo un cigarrillo meditando sobre la inverosímil acción: el tratar de condensar la ausencia inconmensurable de un montón indefinido de individuos que recorren la ciudad como hormigas desalentadas, chocando los unos con los otros, el ruido de los carros y las nubes grises. Tomar todo eso, el sufrimiento y las desilusiones infantiles y mezclarlo en un vaso alto con hielo y medio limón, para luego beberlo. Quizás la expresión se refiera al acto de emborracharse en soledad para perder la noción del tiempo, la noción de estar vivo, de estar sufriendo. Carlos pone el vaso sobre la barra, lo examina y luego suspira. Llena mi vaso de ron y me sonríe con el gesto ceniciento del que se muere de dolor. Cortesía de la casa, me dice, levanto el vaso y brindo a su salud. Encuentro mi reflejo tras los vasos en pirámide en el espejo oxidado del bar, donde cientos de solitarios como yo se han encontrado, para luego bajar el rostro tras reconocer el brillo de las lágrimas en su imagen distorsionada por los cristales de los vasos.
            Trato de adivinar hace cuánto se fue María. Cuando ya no puede pagar más tragos Carlos le sigue llenando la copa hasta que, arrastrándola, su marido pasa a buscarla, gritando al humilde cantinero. A veces la golpea e, incluso una vez, tuve que frenar a Carlos para que no le reventara el rostro a puños. Si yo no hubiese intercedido probablemente el tierno gorila que llena mi copa habría acabado con el marido de María. No se hubiera detenido hasta reventarle el cráneo y hacer puré su cerebro, encontrando sus puños el pavimento bajo un reguero de viscosidades y gelatina. Afortunadamente había llegado hacía poco y todavía me preocupaba cuidar esa suerte de amistad que tengo con Carlos. Unos tragos después lo hubiera mandado todo a la mierda. Siempre mando todo a la mierda cuando me estoy envenenando.
            Entonces Carlos trae un pequeño vaso de la estantería sobre el neón azul de Budweiser  y se sirve un trago de tequila. Brinda a mi salud y golpea el pequeño recipiente contra la barra. Sonríe ahora de verdad y lo contemplo en toda su estupidez. Carlos parece un inmenso bebé con retraso, como los de los relatos de Oé, unas bestias casi míticas ajena a los yugos que imponen la ética y demás construcciones de la razón humana. Recuerdo a Dwight en Sin City  y todo lo que decía sobre Mark y me parece apropiado aplicarlo a Carlos. El inmenso titán de corazón de oro. El torpe de Of Mice and Men. Carlos y María. Juro que un día terminará rompiéndole el cuello a su esposo, sólo para poder contemplar a su juguete mientras ella duerme, soltando baba y moco de ginebra y tónica, con el labial corrido y la ceniza de su cigarrillo sobre el espacio que separa sus senos por escasos centímetros. Entonces se llevaría un dedo a los labios, en un gesto infantil que no podría evitar, me serviría otro trago. Yo callaría y bebería a su salud, mientras el cuerpo inerte de su esposo lentamente se va enfriando, con los ojos clavados en la botella de neón amarillo de corona.
            ― ¿Ha venido María hoy, Carlos?
            ― ¿Qué te hace pensar eso?
            ― El hecho de que siempre viene, que has limpiado ese vaso desde que llegue. ¿Estás tratando de borrar la huella de un beso que nunca te dio, una promesa que se perdió en el aire, velada por el humo de sus cigarrillos light?
            ― ¿Qué?
            ― Nada. Sírveme otro, tengo la garganta seca.
            ― Claro. Cortesía de la casa.
            ― A tu salud, Carlos.
            ― A la nuestra, siempre a la nuestra.
Por un momento intento descifrar si se refiere a nosotros dos, solitarios del naufragio que son nuestro días, atados a esta barra larga que nos separa, para no perdernos en la marea inmunda de la soledad o si, por el contrario, se refiere a la salud de su amada, al objeto inaprensible de su pueril enamoramiento. Entonces se sirve otro trago y clava su mirada en el taburete vacío junto a mí. Alza el rostro hacia una nube de humo que ha estado desde que llegué gravitando por el bar, iluminada por el neón azul de Budweiser. Luego sonríe con melancólico desdén y creo oírlo murmurar: “siempre a nuestra salud, siempre.”
            Afuera el día se hace noche y, quizás porque estoy envenenado, creo oír un ruido de tacones, mezclándose con el murmullo de los carros y los pasos de la multitud informe. El rostro de Carlos se tuerce en una mueca estúpida mientras levanta su vaso al vacío, hacia un taburete junto a mí.

martes, 17 de julio de 2012

Intantes cordobeses III: Equivocar el rumbo


En Bogotá las calles están numeradas. Carreras y calles tienen los nombres de números y su progresión es, en teoría, ordenada. De forma que calcular las distancias resulta en un ejercicio relativamente sencillo. En Córdoba, como en muchas otras ciudades del mundo, las calles tienen nombres históricos. Esto me ha confundido en la medida en que quiero moverme libremente por la ciudad pero no tengo idea de hacía dónde estoy yendo. Tengo que consultar el mapa que me dieron en el aeropuerto cada tanto, para encontrar los sitios que he señalado como de interés. A veces, no obstante, lo guardo en mi gabán y me olvido de su existencia. Entonces la ciudad se convierte en un laberinto, acaso para que descubra cada detalle mágico que esconde guiado por la música del azar. Ayer me dejé llevar por las avenidas y encontré una fastuosa catedral capuchina a la que ingresé solo, a pesar de la innata aversión que me producen las estatuas religiosas principalmente por sus ojos congelados en un instante doloso. Luego quedé fascinado por una fuente de roca donde el agua cae libremente sobre la cabeza de unos simios. Ya había visto varias fuentes, algunas de leones, de ángeles. Están dispuestas por toda la ciudad casi arbitrariamente pues no son monumentos de nada, vigilan cafetines o quioscos de prensa. Al equivocar el rumbo, al extraviarme en la ciudad he encontrado la emoción de encontrar fuentes. Ellas no están marcadas en el mapa así que sólo puedo dar con ellas guiado por la casualidad, un giro en una esquina al que me obliga el instinto. Es fantástico estar parado en la mitad de lo desconocido y encontrarse con el sonido del agua entre el tráfico y las voces.  

Intantes cordobeses II: Primer poeta argentino


Córdoba no sólo es la cuna de la primera universidad argentina, cuarta a nivel latinoamericano, sino también ostenta el título de ser la ciudad de origen del primer poeta argentino: José Luis de Tejeda y Guzmán. La obra del argentino está revestida del espíritu barroco de la poesía religiosa del siglo XVI y XVII. Poco he encontrado de su obra regado en la red, quizás debería buscar sus libros en algún museo. La sola idea me asusta, el buscar la poesía como un testimonio histórico más que por su calidad estética me angustia sin saber muy bien el porqué de esta turbación. Ahora bien, dando vueltas por la ciudad, por sus iglesias, me he encontrado con placas que conmemoran el nacimiento del poeta. Es como si la religiosidad inmanente al espíritu cordobés estuviese revestido de la belleza del lenguaje, la celebración de la santidad, del amor metafísico a Dios a través de la pulcritud del verso. Siempre me he declarado abiertamente ateo, pero las iglesias que están ligadas de alguna u otra manera a José Luis de Tejeda operan con un magnetismo indescifrable sobre mi persona. Y ya no puedo dejar de visitar una iglesia sin pensar en el poeta, aunque su construcción fuera posterior a la muerte de Tejeda, porque cada ícono me remite a un verso de la tradición, cada pintura me recuerda la simbología que he estudiado y cómo cada una de ellas es narrativa, da razón de la vida de los santos. Igual que la obra de Tejeda, primer poeta argentino.

Instantes cordobeses I: Primeras impresiones


Fundada en 1573 por el sevillano Jerónimo Luis de Cabrera, la ciudad de Córdoba, Argentina, es la típica ciudad colonial latinoamericana. La Plaza San Martín, cercana al hotel donde me hospedo, es el núcleo fundacional de la capital de la provincia homónima de Córdoba. La Catedral, la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, colinda con el antiguo Ayuntamiento (hoy un museo histórico donde convergen obras de distintos periodos de la producción artística cordobesa). He subido al campanario de la Catedral y he observado, hasta donde me alcanza la mirada, la ciudad. La arquitectura colonial convive con las edificaciones modernas, de forma que Córdoba por un lado reconoce su importancia histórica y, por el otro, permite el libre desarrollo urbano propio de los tiempos modernos, convirtiéndose en un importante centro cultural, económico, educativo, financiero y de entretenimiento argentino. No deja de sorprenderme este contraste pues, más que preservarse en el tiempo, la ciudad valora su legado y mira hacia adelante, al progreso. Esperemos que el momento que ocupa la historia argentina contemporánea no perjudique estas ansías de crecimiento. 

viernes, 15 de junio de 2012

Para mi, los toros


Me dije que no escribiría nunca una columna de opinión, que este blog serviría para registrar mis avances en la creación literaria y que, puesto que firmo con un seudónimo, no debería permitir que mis opiniones personales se interpusieran en este espacio donde publico mis cuentos y simulacros de poemas. No obstante no sé desde dónde más puedo difundir mi opinión sobre un tema tan polémico como son las corridas de toros.
         No soy un experto en el tema y pretendo dejarlo claro desde un principio. He hablado y he escuchado a profesionales de la industria taurina, así como también lo he hecho con las personas que se oponen pasionalmente a las corridas y, luego, me permití asistir a una corrida para establecer yo mismo mi opinión sobre el asunto. Recuerdo ahora cuando mi padre se iba los domingos de enero y febrero a la Santa María, recuerdo mis reproches por el maltrato animal y lo mucho que censuraba su comportamiento. Para mi no era más que un espacio donde un grupo de beodos se reunía bajo el sol a ver cómo acribillaban a un indefenso animal, mientras departían sobre un arte que no creí existiera y se emborrachaban. Recuerdo también cuando mi padre, el mismo al que censuré centenar de veces, me llamó desde Manizales a decirme que si no indultaban al toro Abogado iba a saltar al ruedo y se hacía matar por él. Entonces no comprendí. Hoy, después de todo lo que he visto, sé que yo lo hubiera acompañado.
                Y es que las corridas no son un lugar para celebrar la muerte, sino la lucha por la vida. El brío, el temple, el valor, el no flaquear ni bajar la cabeza son una metáfora de la existencia, de los verdaderos valores que están impresos en obras de la cultura de occidente como La Ilíada o La Odisea. Recuerdo las vicisitudes que afrontó Ulises en su atropellado regreso a Ítaca y no puedo más que compararlo con la faena donde un toro lucha por su derecho a vivir.
                La tauromaquia no es sólo la corrida de toros moderna. La tauromaquia es una larga tradición que se remonta a Mesopotamia, Creta, Egipto, Francia y otros lugares donde el toro fue venerado por su carácter sagrado. Porque eso es para nosotros, los aficionados, la figura del toro de lidia: un animal tan noble y bello que tiene la oportunidad, en la construcción perfectamente ególatra de la personalidad humana de saberse por encima de las demás especies, de luchar por su vida, de enfrentarse cara a cara con el torero. El toro no ha perdido su valor místico primigenio para nosotros, no ha dejado de ser esa criatura digna de alabanza, de celebración. El toro, en su calidad de fiero y noble, es el animal más cercano a la perfección. Basta con mirar su afilada cornamenta, su lomo como cascada de musculatura, el color de su pelaje bajo una tarde de sol. Verlo allí, en la mitad del ruedo, en un afán por sobrevivir, por ganar su derecho a la existencia despreocupada del reproductor es la necesidad que lleva a los taurinos a reunirse en ese espacio, que hoy atraviesa su peor momento, que es la plaza.
        Somos taurinos porque amamos al toro. El torero es algo accesorio, un mecanismo lleno de arte y habilidad, que permite al toro mostrar su encaste, es decir, la raza, la bravura tatuada en su genética. Se necesita de un buen torero para que brille un toro y si se reconoce tanto a celebridades taurinas como Sebastián Castella o a Julián López “El Juli”, es porque sólo personas hechas a fuerza de tropezar, de ser arrollados por la fuerza del animal, comprenden cómo es posible mostrar a un ruedo crítico las virtudes del toro.
                Entonces vamos a la plaza por el animal, con la esperanza de verlo en plena gloria, con la esperanza de verlo sobrevivir. No voy a defender al toreo como el arte suprema, pues caería en el lugar de la arrogancia de tantos aficionados taurinos que tachan a los que no comprenden la lidia de ignorantes. Para mi la fiesta está revestida de un fuerte atributo estético y, por encima de la bota con manzanilla y jerez, yo voy a los toros precisamente a admirarlos. Porque nada hay más bello a mi entender que un toro que busca con la fuerza de su embestida y la precisión de sus ataques el indulto.
                Podría extenderme largo sobre cada uno de los momentos de la lidia, defender el por qué de las banderillas y las picas y caer en tantas discusiones que ya han circulado por allí, con mejores argumentos que los que un aficionado amateur como soy pudiera plantear. Una cosa si es cierta y es quizá lo último que deba decir: el toro de lidia está hecho para el combate. Ninguna otra razón garantiza su existencia más allá de la fiesta. En los tiempos que vivimos es imposible pensar al toro de lidia como un animal para la ganadería: su fiereza hace imposible su crianza a gran escala, por lo que sólo un toro requiere del mismo espacio que un elevado número de vacas para ser criado, para crecer. No es sino encerrar a dos toros de lidia en un terreno de mil metros cuadrados. Se matan. Lo llevan en la sangre. El momento donde el toro manifiesta más estrés es justo antes de entrar en el ruedo. No porque, como han asegurado varias fuentes de internet, al toro se le maltrata antes de la lidia, o se le pulan los pitones (sus cuernos), o se le mezcle su alimentación con píldoras diarreicas. No. El momento es estresante porque el toro cree que se va a enfrentar con un igual, con otra fiera por la que tendrá que luchar su territorio.
                El toro está hecho para el combate, para morir en el ruedo o para que su nombre se eleve para siempre en la memoria como el de aquel animal regio que logró ganar su vida, que tanto luchó sin flaquear que obtuvo por fin el indulto, pues una plaza a gritos así lo exigía. A ese toro voy a ver yo. A ese toro es al que me le quito el sombrero y por el que celebro con un trago. De ese toro es del que hablo cuando han pasado los días. Tengo necesidad de ver a la estirpe de Abogado siguiendo los pasos de su progenitor. Tengo necesidad de ver una corrida donde el toro no desfallezca porque es una metáfora de la vida misma, un recordatorio de que yo tampoco me puedo dejar vencer.
                Quisiera decir, ya para concluir, que la fiesta me ha enseñado tantas cosas como no logré aprender en el colegio o en mis años universitarios. Las máximas taurinas han prefigurado mi comportamiento. Alguna vez Manuel García Cuesta, "El Espartero" pronunció su famosa “más cornás da el hambre” refiriéndose a una cornada que le costaría la vida. En esas cinco palabras he configurado mi existencia, la necesidad de seguir luchando. He aprendido a luchar, a no desfallecer, a que si caigo es menester levantarme y seguir dando guerra, siempre con la cabeza en alto, siempre bajo el sol.   Y quizá algún día  la vida me regale el indulto, para por fin poder empezar a vivirla.  

miércoles, 2 de mayo de 2012

Ojos (Toma II)


El universo no basta para abarcar tu mirada. Tus ojos son dos océanos negros, negrísimos, donde naufragan mis miedos. Tus ojos ― pupilas vestidas de noche, blanca verdad de gelatina, azufre y sombra― me darán muerte. Y es que nací con tu mirada que es toda la luz del mundo. Y es que cuando parpadean muero por un instante. No tengo que hacer un poema de tu mirada: ella sola es poesía. Ojos negros de tierra, breva, mineral.

Mírame, pequeña, mírame. Devela las tormentas de mi mirada, el fuego del abismo bajo mis parpados. Si los ojos son la ventana del alma (como afirman los malos poetas), déjate caer en el ruido de la mía. Sólo mirémonos en el núcleo mismo de lo que somos. Arranca mi piel con tus ojos, mírame hasta que sangre. Mírame hasta que parpadeemos, hasta que nos agarre el sueño. Y en el baile de mis parpados cerrados encontraré de nuevo tu mirada, el océano negro, negrísimo, donde naufragan mis miedos.

miércoles, 22 de febrero de 2012

Estrategias del recuerdo


“Seré muy breve: te extraño y esto duele”.
Ocho y medio – Nacho Vegas
No tengo que recordarte:
habitas este cuerpo como el musgo abraza la roca.
Y he llenado el almanaque de mis días,
con mis boleros favoritos y el ruido de una puerta
al cerrarse.

Con los cabellos que dejaste regados en mi almohada
   he construido un baúl para guardar tus besos.
Para cuando anochezca 
    y los pájaros olviden su canción de naufragios.
Para abrirlo cuando empiece a olvidarte.
Y asì no soltarte nunca.

Nuevos mares


Empaca tus maletas. Limpia por última vez
las telarañas de este navío enmohecido.
Despídete del gato, déjale algo de beber.
No olvides amarrar el barco a un puerto seguro,
ya me ocuparé de volver a zarpar, navegando mi corazón
cuando suba la marea, otro día que no nieve. 

jueves, 16 de febrero de 2012

Suspiros

“Jazz washes away the dust of everyday life”.
Art Blakey.


Recostado contra la esquina de un banco,
un negro toca el saxofón.

No toca la tambora, ni golpea una marimba.
No sopla un clarinete, no da palmadas a un bongo.
Y es tan triste su canción

como un pan mohoso, como el vino agrio.
Tan triste como la respiración de la lluvia
            en la ventana de un bus.
Como la muerte de Joselito en febrero.

Yo quisiera, cuando acabe de tocar,
invitarlo a una cerveza y quizá, al caer la noche,
preguntarle “¿Dónde ha dejado el mar?”

Reiría un poco, con risa lúgubre imagino,
esgrimiendo una sonrisa desdentada,
y dándose golpes con la mano sobre el corazón,
abriría los ojos y me mostraría que es ciego.

miércoles, 11 de enero de 2012

Las máquinas

Papá dice que tendremos que vender la finca, que ya no hay nada que hacer. Yo no quiero irme: allá, en la capital hace mucho frío, hay mucho mugre. Yo no quiero dejar el monte, a las vacas ni el río. No quiero irme a Bogotá, no quiero que vendamos la finca. Pero papá dice que qué le vamos a hacer, que qué vaina, que toca vender. Entonces salgo corriendo de la casa y me trepo al monte, me subo a un árbol de esos bien altos y me quedo ahí, esperando. De lejos llegan los gritos de mi papá que me dice que me baje pa’ la finca, que deje la huevonada. Me llegan los ladridos de Coco que me busca, pero yo me quedo acá en mi árbol, mirando hacia el monte, escuchando a los pájaros, a los cuies que se esconden entre la maleza. Mirando al cielo, contando las estrellas, viendo como los pájaros abren las alas y planean bajo el cielo, y luego las vuelven a batir, y así hasta que se paran en un árbol a descansar. Y entonces papá que grita más duro y mejor no emberracarlo. Y bajo.
            Antes no era así. Antes sólo tenía que ordeñar a las vacas cuando aparecía el sol por encima del monte. Lo más de rico, la yerba olía a mojado, a rocío. Y me salían vapores de la boca. Iba a la escuela y aprendía a sumar, a leer, a que la capital de Colombia es Bogotá y que queda en el altiplano cundiboyacense y muchas otras cosas que ahora no me acuerdo. Pero ya ni siquiera hay escuela. Están comprando todo el pueblo para la mina. Yo no sé qué tiene que ver mi finca con la mina, pero papá me dice que toca venderla y que deje de hacer berrinche. Le chiflo a Coco y nos subimos al monte, buscando el río, buscando árboles donde me pueda encaramar y, desde arriba, poder ver todo el monte porque ya no sé cuánto más lo voy a poder ver hasta que me vaya o hasta que lo tumben. Me quedo horas ahí subido, hasta que aparecen las estrellas. Y mamá que me grita que me baje que ya está la comida. Y yo claro bajo, pero como aburrido, como porque toca.
            Ayer papá se emborrachó donde don José. Llegó a la casa casi con el sol, cayéndose, llorando. Tenía la camisa abierta y todo el pelo del pecho estaba lleno de sudor. Cuando lo vio, mi mamá se encerró a llorar y mi papá que movía la cabeza de lado a lado y le daba golpes a la puerta. Después se sentó en frente de la casa, mirando las vacas, llorando. Yo nunca había visto a mi papá llorar, nunca lo había visto con los ojos rojos. Mi papá dice que los hombres no lloran. Yo abracé a Coco y, con la mano, lo despulgé porque no sabía que otra cosa podía  hacer. Quería abrazar a mamita y a papito y decirles que no lloraran, que me tenían a mí. Pero abracé a Coco y me puse a llorar yo también.
            Don José vendió la finca. Él si tiene familia en Bogotá y prometió que cuando consiguiera un trabajo por allá nos iba a avisar para que nosotros también nos fuéramos. Mi papá lo abrazó y lo miró a los ojos, pero no dijo nada. Don José agarró su ruana y se la puso sobre la cabeza, bajándola hasta su pecho, se alisó el bigote negro y se fue. Se fue cantando una canción. Se fue con su familia y dejó los caballos, las mulas, las vacas y las gallinas. Ni siquiera se le ocurrió cerrar la puerta de la finca. Sólo se fue allá, lejos, detrás de las montañas, dizque a esa tierra que tiene edificios y carros, y semáforos y calles, y gente que duerme en las calles y gente que mata y roba en las calles. Yo no quiero irme por allá. Antes de que se fuera le pregunté a don José que si en Bogotá había monte, o por lo menos árboles donde me pudiera yo subir a mirar el cielo. El viejo sólo sonrió pero no estaba feliz, me dio una palmada en la espalda y me agarró el cachete con los dedos, bien fuerte. Y mamá que lloraba y papá que le decía ya mija, qué le vamos a hacer. Y Coco ladrando como diciéndole adiós don José, que Dios me lo bendiga. Ladrando hasta que se perdió el viejo tras el camino de tierra.
            Hace unos días que llegaron las máquinas. Son grandes, como tractores pero más grandes, mucho más grandes. Con los niños del pueblo fuimos a verlas, les tiramos piedras a ver cuánto es que en verdad resisten, pero un señor todo colorado nos echó de allá, diciéndonos que ese no era lugar para niños, que nos fuéramos a comer helado. Entraron al monte. Las máquinas entraron al monte y empezaron a tumbar los árboles. Y eso hacía chús chús. Y los árboles que caían, pant pant, contra la tierra, levantando polvo. Hacen un ruido horrible esas máquinas y no me dejan dormir. Coco les ladra pero nada, las máquinas siguen haciendo esos ruidos como cuando llueve muy, muy fuerte y el cielo se llena de rayos. Mi mamá que ya no puede coser y mi papá más aburrido porque no se puede subir al monte a cortar leña, porque como que es peligroso. Y entonces abre una botella y se queda ahí mirando las vacas, bebiendo y mirando a las vacas pastar por los pastos que hay frente a la finca.
            Yo no puedo ver más a mis papás así. Llorando tanto, sin hablarse. A mí no me gusta cuando hace tanto silencio porque antes la casa vivía llena de sonido, como de voces y de risas. Con decirle que hasta las vacas se callaron y las gallinas que están quietas en el corral, como mirando al piso. Ni siquiera Coco ladra, y a mí no se me ocurre que decir, porque ya no tengo nadie con quien hablar. Nadie. ¿No ve que ya todos se están yendo?
            Hoy me levanté temprano y me fui para el monte, Coco iba detrás de mí, ladrando, como diciéndome que no fuera. Que me quedara en la finca con mis papás. Pero yo quería ir al monte. Treparme a un árbol y ver lo que queda de verde, lo que todavía no han tumbado. Entonces me puse las botas y agarré el machete de mi papá que ya estaba cogiendo polvo de tanto estarse quieto y me subí. Al principio fue lo más de bonito, yo con Coco y el monte, y a veces que llegaban los ruidos de las máquinas, pero poquito, como a lo lejos. O es que de pronto yo no quería oírlas, sino estar en el monte, como si no estuvieran. Y hacerme el tonto, y jugar con Coco que también estaba como feliz cuando ya estábamos bien adentro del monte. Y luego ese ruido. Y era como el mismo ruido que había escuchado todas esas noches, todo ese tiempo. Pero más fuerte, como más cerca, claro. Y una voz que me gritó, pero ya no pude hacer nada, el chú chús estaba muy cerca, y el árbol se me vino encima.
            Yo no quería venirme para Bogotá, pero me tocó. Acá dicen que de pronto puedo volver a caminar, que va a tomar un poco de tiempo pero que es posible. Acá no es que haya mucho ruido, es que hay tanto ruido que uno ya se acostumbra y es como los pájaros que siempre estaban por el monte, y uno ya ni pensaba en ellos porque siempre estaban trinando, pero más pasito. Así es el ruido de Bogotá. En el hospital pude volver a leer, a estudiar. Pero no tenía ganas de saber nada del mundo, ni de los libros, ni de nada. Ya no extrañó tanto al monte, aunque a veces sí. O es que como siempre lo extraño ya aprendí a vivir así. Hace muchos días que no veo a Coco, porque acá los perros no pueden andar por todos lados, como allá. Y me lo imagino ahí solito, en la pieza que alquilamos que es chiquita, chiquita, me cuenta mi mamá. A veces, por la noche, me pongo a mirar el cielo. Pero ya nunca puedo encontrar estrellas, una vez vi algo que brillaba pero mi mamá me dijo que era un avión. Yo nunca había visto un avión, pero los pájaros tienen colores más lindos.
            

lunes, 28 de noviembre de 2011

Bruma

Antonio no lograba recordar el rostro de Amalia. No recordaba su risa, no recordaba sus ojos, no recordaba tampoco su voz. Desde lejos, como de un lugar dormido de su memoria, le llegaban retazos de días grises, imágenes borrosas de un rostro que podía ser el de cualquiera, como las fotografías antiguas de un pariente lejano vestido de frac en algún año nuevo de los años 30, que su abuela juraba era el vivo recuerdo de Antonio. Y entonces ¿por qué tanta vigilia? Tantas noches viendo el humo ascender en espiral hacia el techo de su habitación, las gotas de lluvia cayendo lentamente por la ventana, bañadas todas de la luz roja del bar de enfrente, como en una pésima película de perdedores americanos. Y ese nombre. Amalia. Amalia. Amalia que le llegaba desde lejos, Amalia que le regaló el pocillo donde bebía café y ese cuadro tan gracioso de un gato vigilando el monitor de un computador. El recuerdo le era esquivo, se le resbalaba de las manos como ceniza una vez que la fogata se ha apagado. Amalia. Amalia. Amalia y Antonio. ¿Cómo había sido eso? Antonio y Amalia. ¿Cómo reconstruir el recuerdo? ¿Cómo aferrarse a un fantasma de humo, al reflejo vago de una luz?
            Había una mujer llamada Amalia (¿qué estudiaba Amalia, siempre cargada de libros ajados y con sus lentes gruesos sobre sus ojos que no recordaba?) y vestía de azul. La primera vez que la vio vestía de azul: botas café con felpa y suela de goma, jeans estrechos que resaltaban sus caderas perfectas y una blusa como de papel tornasolado azul. Azul, azul ¿cómo era ese azul? ¿Azul como sus ojos? Antonio recordaba casi toda la conversación, las luces del bar y la canción que sonaba. ¿Por qué entonces no recordaba su rostro, esos rasgos característicos que lo habían enamorado de ella? ¿Cómo era su voz mezclada con la de Alice Cooper en la mitad de ese bar iluminado por luces rojas y violetas?  Mala jugada del destino que su memoria recordara lo trivial sobre lo esencial, la prescindible sobre lo aparentemente meritorio. Abajo, frente al bar, dos borrachos enloquecidos se molían a golpes. El sonido de los golpes secos, de las botellas rompiéndose contra el suelo, de la algarabía de los curiosos se estrellaba de lleno contra los cristales de su ventana. Las gotas escurriendo lentas sobre el cristal y el vapor de su respiración como una bruma de la que no se puede escapar. Limpió el vidrio para esclarecer el panorama pero inmediatamente desistió pues lo que iba borrando volvía a empaparse de exhalaciones, como un fantasma de humo frío. El reflejo vago de la luz roja que se proyectaba sobre el vapor se difuminaba en rosas. Y el nombre, ese nombre: Amalia. Amalia. Amalia. La lluvia, la luz, los charcos, Amalia.
            Recordaba que la chispa ardió inmediata. Los días que siguieron al encuentro en el bar fueron una explosión de pasión. ¿Cómo lo miraban sus ojos enamorados? Un nombre y unos parpados cerrados. Amalia y unos ojos de un color anónimo, una persona con una mirada diluida, olvidada. ¿Por qué ahora? ¿Por qué en esta noche recordó su nombre? Como un murmullo gastado, como una brisa lejana. Amalia. ¿Por qué todo se acabó? La pólvora no volvió a explotar, la mecha se empapó de las lágrimas saladas. No hace falta ser un genio para entender. Pero la vida no funciona como las metáforas. La vida no funciona como las películas ni mucho menos como los boleros. El humo ascendía tranquilo hacia el techo, se trepaba por las paredes, se escurría por las lámparas apagadas. El humo inundaba el espacio cerrado, lo hacía pesado para luego desvanecerse en el silencio de la noche. Y aún perduraba el olor a humo, como el nombre de Amalia cuando todo lo demás se había perdido. ¿A qué olía su cabello? ¿A qué sabían sus besos?
            Sólo dos luces tenues iluminaban la habitación de Antonio: el cigarrillo que se consumía despacio ofrecía un halo intermitente al rostro del insomne y las difusas luces rojas del bar, rosas sobre el vapor de la ventana se colaban como podían por la escarcha de hielo sobre los cristales. Pero ambas, en algún momento, se apagarían y todo volvería a quedar oscuro, bañado por la espesa noche, por el recuerdo de un nombre. Amalia. Amalia. Amalia. El humo, la lluvia, los charcos, un perfume olvidado y Amalia. Amalia que lo acompañaba con su ausencia en su soledad, en su esfuerzo por recordarle. El recuerdo es un mecanismo sucio de la mente para no dejarnos continuar, pensó, una asquerosa trampa del corazón para abrumarnos con sus angustias.
            ¿Dónde se había metido Amalia? ¿Por dónde había escapado? ¿Se había desvanecido lentamente como una pila de arena con el viento? Quizá su recuerdo se había desbaratado como un rompecabezas viejo: pieza a pieza su rostro, su voz y sus ojos se había perdido en los parajes nebulosos de su mente. Azul. Recordaba el azul. El azul y una canción de John Lee Hooker. El azul del cielo, de los buses Blue Bird, del vestido de Amalia. Azul era el nombre de un personaje del libro favorito de Amalia. Su mente lo fue llevando hacia asociaciones vacías, a laberintos donde se encontraba siempre de frente con un muro inmenso de concreto. Pero no podía recordar el rostro de Amalia. Por más que buscaba, se esforzaba hasta hacer sangrar los recuerdos pero, de cualquier manera, no podía dar con el cuadro completo de su cara. Quizá un lunar en la mejilla se le aparecía, pero luego no estaba seguro de que le perteneciera a ella. Al final todo era sombras, vapor que se perdía en el espacio inmenso. Quimeras, ilusiones. Fantasmas, como el libro favorito de Amalia.
            El ruido había cesado. Las luces del bar se habían apagado. De aún más lejos le llegaban las luces de los faroles naranjas. Como estrellas lejanas, proyectándose sobre todos los charcos que la lluvia había dejado tras de sí. El humo continuó flotando por la habitación por unos minutos más, aplastándose calmo sobre el techo, explayándose por entre los recovecos de las paredes y los muebles. Y luego la oscuridad casi absoluta. El silencio y la noche que amenazaba con convertirse en día, que amenazaba con acabarse sin traerle el recuerdo completo de Amalia. Recuerdo que la noche le había traído, que le había sacado de la cama, recuerdo que le había llenado la mente de azul. Amalia. Amalia. Azul, las luces rojas hechas rosas, la lluvia, los charcos naranjas, Amalia.
            No se dio cuenta cuando por fin cayó dormido. Las paredes fueron difuminándose lentamente, como tragadas por la bruma y, por un momento, las imágenes se revolvieron formando un espiral extraño hasta que todo cobró sentido. Antes de darse cuenta estaba rodeado de rostros familiares, de luces rojas, de luces violetas. I want to love you but I better not touch, I want to hold you but my senses tell me to stop. Amalia. Como todas las noches Amalia. Y siempre el mismo sueño que por la mañana no podía recordar. Su rostro de nácar, un lunar en la mejilla sobre la comisura de los labios cuando se doblan para sonreír.  La sonrisa de Amalia. La sonrisa que lo enamoró. Y esa mirada, cargada de deseo, de ternura. Bella, su mirada. Azul era el color de la nostalgia calma que le agobió esa noche, como el cielo sobre un desierto cuando no hay nubes. Pardos los ojos de Amalia que le miraban desde el otro lado del bar. Las luces rojas, la lluvia, los charcos anaranjados, Azul, ojos pardos. Cuando despertó Antonio encendió un cigarrillo, dejó que el humo subiera tranquilo hasta el techo y se levantó de la cama, dejando atrás la habitación, la ventana que daba contra el bar y en la almohada unos ojos pardos enredados entre las sábanas.