viernes, 15 de junio de 2012

Para mi, los toros


Me dije que no escribiría nunca una columna de opinión, que este blog serviría para registrar mis avances en la creación literaria y que, puesto que firmo con un seudónimo, no debería permitir que mis opiniones personales se interpusieran en este espacio donde publico mis cuentos y simulacros de poemas. No obstante no sé desde dónde más puedo difundir mi opinión sobre un tema tan polémico como son las corridas de toros.
         No soy un experto en el tema y pretendo dejarlo claro desde un principio. He hablado y he escuchado a profesionales de la industria taurina, así como también lo he hecho con las personas que se oponen pasionalmente a las corridas y, luego, me permití asistir a una corrida para establecer yo mismo mi opinión sobre el asunto. Recuerdo ahora cuando mi padre se iba los domingos de enero y febrero a la Santa María, recuerdo mis reproches por el maltrato animal y lo mucho que censuraba su comportamiento. Para mi no era más que un espacio donde un grupo de beodos se reunía bajo el sol a ver cómo acribillaban a un indefenso animal, mientras departían sobre un arte que no creí existiera y se emborrachaban. Recuerdo también cuando mi padre, el mismo al que censuré centenar de veces, me llamó desde Manizales a decirme que si no indultaban al toro Abogado iba a saltar al ruedo y se hacía matar por él. Entonces no comprendí. Hoy, después de todo lo que he visto, sé que yo lo hubiera acompañado.
                Y es que las corridas no son un lugar para celebrar la muerte, sino la lucha por la vida. El brío, el temple, el valor, el no flaquear ni bajar la cabeza son una metáfora de la existencia, de los verdaderos valores que están impresos en obras de la cultura de occidente como La Ilíada o La Odisea. Recuerdo las vicisitudes que afrontó Ulises en su atropellado regreso a Ítaca y no puedo más que compararlo con la faena donde un toro lucha por su derecho a vivir.
                La tauromaquia no es sólo la corrida de toros moderna. La tauromaquia es una larga tradición que se remonta a Mesopotamia, Creta, Egipto, Francia y otros lugares donde el toro fue venerado por su carácter sagrado. Porque eso es para nosotros, los aficionados, la figura del toro de lidia: un animal tan noble y bello que tiene la oportunidad, en la construcción perfectamente ególatra de la personalidad humana de saberse por encima de las demás especies, de luchar por su vida, de enfrentarse cara a cara con el torero. El toro no ha perdido su valor místico primigenio para nosotros, no ha dejado de ser esa criatura digna de alabanza, de celebración. El toro, en su calidad de fiero y noble, es el animal más cercano a la perfección. Basta con mirar su afilada cornamenta, su lomo como cascada de musculatura, el color de su pelaje bajo una tarde de sol. Verlo allí, en la mitad del ruedo, en un afán por sobrevivir, por ganar su derecho a la existencia despreocupada del reproductor es la necesidad que lleva a los taurinos a reunirse en ese espacio, que hoy atraviesa su peor momento, que es la plaza.
        Somos taurinos porque amamos al toro. El torero es algo accesorio, un mecanismo lleno de arte y habilidad, que permite al toro mostrar su encaste, es decir, la raza, la bravura tatuada en su genética. Se necesita de un buen torero para que brille un toro y si se reconoce tanto a celebridades taurinas como Sebastián Castella o a Julián López “El Juli”, es porque sólo personas hechas a fuerza de tropezar, de ser arrollados por la fuerza del animal, comprenden cómo es posible mostrar a un ruedo crítico las virtudes del toro.
                Entonces vamos a la plaza por el animal, con la esperanza de verlo en plena gloria, con la esperanza de verlo sobrevivir. No voy a defender al toreo como el arte suprema, pues caería en el lugar de la arrogancia de tantos aficionados taurinos que tachan a los que no comprenden la lidia de ignorantes. Para mi la fiesta está revestida de un fuerte atributo estético y, por encima de la bota con manzanilla y jerez, yo voy a los toros precisamente a admirarlos. Porque nada hay más bello a mi entender que un toro que busca con la fuerza de su embestida y la precisión de sus ataques el indulto.
                Podría extenderme largo sobre cada uno de los momentos de la lidia, defender el por qué de las banderillas y las picas y caer en tantas discusiones que ya han circulado por allí, con mejores argumentos que los que un aficionado amateur como soy pudiera plantear. Una cosa si es cierta y es quizá lo último que deba decir: el toro de lidia está hecho para el combate. Ninguna otra razón garantiza su existencia más allá de la fiesta. En los tiempos que vivimos es imposible pensar al toro de lidia como un animal para la ganadería: su fiereza hace imposible su crianza a gran escala, por lo que sólo un toro requiere del mismo espacio que un elevado número de vacas para ser criado, para crecer. No es sino encerrar a dos toros de lidia en un terreno de mil metros cuadrados. Se matan. Lo llevan en la sangre. El momento donde el toro manifiesta más estrés es justo antes de entrar en el ruedo. No porque, como han asegurado varias fuentes de internet, al toro se le maltrata antes de la lidia, o se le pulan los pitones (sus cuernos), o se le mezcle su alimentación con píldoras diarreicas. No. El momento es estresante porque el toro cree que se va a enfrentar con un igual, con otra fiera por la que tendrá que luchar su territorio.
                El toro está hecho para el combate, para morir en el ruedo o para que su nombre se eleve para siempre en la memoria como el de aquel animal regio que logró ganar su vida, que tanto luchó sin flaquear que obtuvo por fin el indulto, pues una plaza a gritos así lo exigía. A ese toro voy a ver yo. A ese toro es al que me le quito el sombrero y por el que celebro con un trago. De ese toro es del que hablo cuando han pasado los días. Tengo necesidad de ver a la estirpe de Abogado siguiendo los pasos de su progenitor. Tengo necesidad de ver una corrida donde el toro no desfallezca porque es una metáfora de la vida misma, un recordatorio de que yo tampoco me puedo dejar vencer.
                Quisiera decir, ya para concluir, que la fiesta me ha enseñado tantas cosas como no logré aprender en el colegio o en mis años universitarios. Las máximas taurinas han prefigurado mi comportamiento. Alguna vez Manuel García Cuesta, "El Espartero" pronunció su famosa “más cornás da el hambre” refiriéndose a una cornada que le costaría la vida. En esas cinco palabras he configurado mi existencia, la necesidad de seguir luchando. He aprendido a luchar, a no desfallecer, a que si caigo es menester levantarme y seguir dando guerra, siempre con la cabeza en alto, siempre bajo el sol.   Y quizá algún día  la vida me regale el indulto, para por fin poder empezar a vivirla.  

miércoles, 2 de mayo de 2012

Ojos (Toma II)


El universo no basta para abarcar tu mirada. Tus ojos son dos océanos negros, negrísimos, donde naufragan mis miedos. Tus ojos ― pupilas vestidas de noche, blanca verdad de gelatina, azufre y sombra― me darán muerte. Y es que nací con tu mirada que es toda la luz del mundo. Y es que cuando parpadean muero por un instante. No tengo que hacer un poema de tu mirada: ella sola es poesía. Ojos negros de tierra, breva, mineral.

Mírame, pequeña, mírame. Devela las tormentas de mi mirada, el fuego del abismo bajo mis parpados. Si los ojos son la ventana del alma (como afirman los malos poetas), déjate caer en el ruido de la mía. Sólo mirémonos en el núcleo mismo de lo que somos. Arranca mi piel con tus ojos, mírame hasta que sangre. Mírame hasta que parpadeemos, hasta que nos agarre el sueño. Y en el baile de mis parpados cerrados encontraré de nuevo tu mirada, el océano negro, negrísimo, donde naufragan mis miedos.

miércoles, 22 de febrero de 2012

Estrategias del recuerdo


“Seré muy breve: te extraño y esto duele”.
Ocho y medio – Nacho Vegas
No tengo que recordarte:
habitas este cuerpo como el musgo abraza la roca.
Y he llenado el almanaque de mis días,
con mis boleros favoritos y el ruido de una puerta
al cerrarse.

Con los cabellos que dejaste regados en mi almohada
   he construido un baúl para guardar tus besos.
Para cuando anochezca 
    y los pájaros olviden su canción de naufragios.
Para abrirlo cuando empiece a olvidarte.
Y asì no soltarte nunca.

Nuevos mares


Empaca tus maletas. Limpia por última vez
las telarañas de este navío enmohecido.
Despídete del gato, déjale algo de beber.
No olvides amarrar el barco a un puerto seguro,
ya me ocuparé de volver a zarpar, navegando mi corazón
cuando suba la marea, otro día que no nieve. 

jueves, 16 de febrero de 2012

Suspiros

“Jazz washes away the dust of everyday life”.
Art Blakey.


Recostado contra la esquina de un banco,
un negro toca el saxofón.

No toca la tambora, ni golpea una marimba.
No sopla un clarinete, no da palmadas a un bongo.
Y es tan triste su canción

como un pan mohoso, como el vino agrio.
Tan triste como la respiración de la lluvia
            en la ventana de un bus.
Como la muerte de Joselito en febrero.

Yo quisiera, cuando acabe de tocar,
invitarlo a una cerveza y quizá, al caer la noche,
preguntarle “¿Dónde ha dejado el mar?”

Reiría un poco, con risa lúgubre imagino,
esgrimiendo una sonrisa desdentada,
y dándose golpes con la mano sobre el corazón,
abriría los ojos y me mostraría que es ciego.

miércoles, 11 de enero de 2012

Las máquinas

Papá dice que tendremos que vender la finca, que ya no hay nada que hacer. Yo no quiero irme: allá, en la capital hace mucho frío, hay mucho mugre. Yo no quiero dejar el monte, a las vacas ni el río. No quiero irme a Bogotá, no quiero que vendamos la finca. Pero papá dice que qué le vamos a hacer, que qué vaina, que toca vender. Entonces salgo corriendo de la casa y me trepo al monte, me subo a un árbol de esos bien altos y me quedo ahí, esperando. De lejos llegan los gritos de mi papá que me dice que me baje pa’ la finca, que deje la huevonada. Me llegan los ladridos de Coco que me busca, pero yo me quedo acá en mi árbol, mirando hacia el monte, escuchando a los pájaros, a los cuies que se esconden entre la maleza. Mirando al cielo, contando las estrellas, viendo como los pájaros abren las alas y planean bajo el cielo, y luego las vuelven a batir, y así hasta que se paran en un árbol a descansar. Y entonces papá que grita más duro y mejor no emberracarlo. Y bajo.
            Antes no era así. Antes sólo tenía que ordeñar a las vacas cuando aparecía el sol por encima del monte. Lo más de rico, la yerba olía a mojado, a rocío. Y me salían vapores de la boca. Iba a la escuela y aprendía a sumar, a leer, a que la capital de Colombia es Bogotá y que queda en el altiplano cundiboyacense y muchas otras cosas que ahora no me acuerdo. Pero ya ni siquiera hay escuela. Están comprando todo el pueblo para la mina. Yo no sé qué tiene que ver mi finca con la mina, pero papá me dice que toca venderla y que deje de hacer berrinche. Le chiflo a Coco y nos subimos al monte, buscando el río, buscando árboles donde me pueda encaramar y, desde arriba, poder ver todo el monte porque ya no sé cuánto más lo voy a poder ver hasta que me vaya o hasta que lo tumben. Me quedo horas ahí subido, hasta que aparecen las estrellas. Y mamá que me grita que me baje que ya está la comida. Y yo claro bajo, pero como aburrido, como porque toca.
            Ayer papá se emborrachó donde don José. Llegó a la casa casi con el sol, cayéndose, llorando. Tenía la camisa abierta y todo el pelo del pecho estaba lleno de sudor. Cuando lo vio, mi mamá se encerró a llorar y mi papá que movía la cabeza de lado a lado y le daba golpes a la puerta. Después se sentó en frente de la casa, mirando las vacas, llorando. Yo nunca había visto a mi papá llorar, nunca lo había visto con los ojos rojos. Mi papá dice que los hombres no lloran. Yo abracé a Coco y, con la mano, lo despulgé porque no sabía que otra cosa podía  hacer. Quería abrazar a mamita y a papito y decirles que no lloraran, que me tenían a mí. Pero abracé a Coco y me puse a llorar yo también.
            Don José vendió la finca. Él si tiene familia en Bogotá y prometió que cuando consiguiera un trabajo por allá nos iba a avisar para que nosotros también nos fuéramos. Mi papá lo abrazó y lo miró a los ojos, pero no dijo nada. Don José agarró su ruana y se la puso sobre la cabeza, bajándola hasta su pecho, se alisó el bigote negro y se fue. Se fue cantando una canción. Se fue con su familia y dejó los caballos, las mulas, las vacas y las gallinas. Ni siquiera se le ocurrió cerrar la puerta de la finca. Sólo se fue allá, lejos, detrás de las montañas, dizque a esa tierra que tiene edificios y carros, y semáforos y calles, y gente que duerme en las calles y gente que mata y roba en las calles. Yo no quiero irme por allá. Antes de que se fuera le pregunté a don José que si en Bogotá había monte, o por lo menos árboles donde me pudiera yo subir a mirar el cielo. El viejo sólo sonrió pero no estaba feliz, me dio una palmada en la espalda y me agarró el cachete con los dedos, bien fuerte. Y mamá que lloraba y papá que le decía ya mija, qué le vamos a hacer. Y Coco ladrando como diciéndole adiós don José, que Dios me lo bendiga. Ladrando hasta que se perdió el viejo tras el camino de tierra.
            Hace unos días que llegaron las máquinas. Son grandes, como tractores pero más grandes, mucho más grandes. Con los niños del pueblo fuimos a verlas, les tiramos piedras a ver cuánto es que en verdad resisten, pero un señor todo colorado nos echó de allá, diciéndonos que ese no era lugar para niños, que nos fuéramos a comer helado. Entraron al monte. Las máquinas entraron al monte y empezaron a tumbar los árboles. Y eso hacía chús chús. Y los árboles que caían, pant pant, contra la tierra, levantando polvo. Hacen un ruido horrible esas máquinas y no me dejan dormir. Coco les ladra pero nada, las máquinas siguen haciendo esos ruidos como cuando llueve muy, muy fuerte y el cielo se llena de rayos. Mi mamá que ya no puede coser y mi papá más aburrido porque no se puede subir al monte a cortar leña, porque como que es peligroso. Y entonces abre una botella y se queda ahí mirando las vacas, bebiendo y mirando a las vacas pastar por los pastos que hay frente a la finca.
            Yo no puedo ver más a mis papás así. Llorando tanto, sin hablarse. A mí no me gusta cuando hace tanto silencio porque antes la casa vivía llena de sonido, como de voces y de risas. Con decirle que hasta las vacas se callaron y las gallinas que están quietas en el corral, como mirando al piso. Ni siquiera Coco ladra, y a mí no se me ocurre que decir, porque ya no tengo nadie con quien hablar. Nadie. ¿No ve que ya todos se están yendo?
            Hoy me levanté temprano y me fui para el monte, Coco iba detrás de mí, ladrando, como diciéndome que no fuera. Que me quedara en la finca con mis papás. Pero yo quería ir al monte. Treparme a un árbol y ver lo que queda de verde, lo que todavía no han tumbado. Entonces me puse las botas y agarré el machete de mi papá que ya estaba cogiendo polvo de tanto estarse quieto y me subí. Al principio fue lo más de bonito, yo con Coco y el monte, y a veces que llegaban los ruidos de las máquinas, pero poquito, como a lo lejos. O es que de pronto yo no quería oírlas, sino estar en el monte, como si no estuvieran. Y hacerme el tonto, y jugar con Coco que también estaba como feliz cuando ya estábamos bien adentro del monte. Y luego ese ruido. Y era como el mismo ruido que había escuchado todas esas noches, todo ese tiempo. Pero más fuerte, como más cerca, claro. Y una voz que me gritó, pero ya no pude hacer nada, el chú chús estaba muy cerca, y el árbol se me vino encima.
            Yo no quería venirme para Bogotá, pero me tocó. Acá dicen que de pronto puedo volver a caminar, que va a tomar un poco de tiempo pero que es posible. Acá no es que haya mucho ruido, es que hay tanto ruido que uno ya se acostumbra y es como los pájaros que siempre estaban por el monte, y uno ya ni pensaba en ellos porque siempre estaban trinando, pero más pasito. Así es el ruido de Bogotá. En el hospital pude volver a leer, a estudiar. Pero no tenía ganas de saber nada del mundo, ni de los libros, ni de nada. Ya no extrañó tanto al monte, aunque a veces sí. O es que como siempre lo extraño ya aprendí a vivir así. Hace muchos días que no veo a Coco, porque acá los perros no pueden andar por todos lados, como allá. Y me lo imagino ahí solito, en la pieza que alquilamos que es chiquita, chiquita, me cuenta mi mamá. A veces, por la noche, me pongo a mirar el cielo. Pero ya nunca puedo encontrar estrellas, una vez vi algo que brillaba pero mi mamá me dijo que era un avión. Yo nunca había visto un avión, pero los pájaros tienen colores más lindos.
            

lunes, 28 de noviembre de 2011

Bruma

Antonio no lograba recordar el rostro de Amalia. No recordaba su risa, no recordaba sus ojos, no recordaba tampoco su voz. Desde lejos, como de un lugar dormido de su memoria, le llegaban retazos de días grises, imágenes borrosas de un rostro que podía ser el de cualquiera, como las fotografías antiguas de un pariente lejano vestido de frac en algún año nuevo de los años 30, que su abuela juraba era el vivo recuerdo de Antonio. Y entonces ¿por qué tanta vigilia? Tantas noches viendo el humo ascender en espiral hacia el techo de su habitación, las gotas de lluvia cayendo lentamente por la ventana, bañadas todas de la luz roja del bar de enfrente, como en una pésima película de perdedores americanos. Y ese nombre. Amalia. Amalia. Amalia que le llegaba desde lejos, Amalia que le regaló el pocillo donde bebía café y ese cuadro tan gracioso de un gato vigilando el monitor de un computador. El recuerdo le era esquivo, se le resbalaba de las manos como ceniza una vez que la fogata se ha apagado. Amalia. Amalia. Amalia y Antonio. ¿Cómo había sido eso? Antonio y Amalia. ¿Cómo reconstruir el recuerdo? ¿Cómo aferrarse a un fantasma de humo, al reflejo vago de una luz?
            Había una mujer llamada Amalia (¿qué estudiaba Amalia, siempre cargada de libros ajados y con sus lentes gruesos sobre sus ojos que no recordaba?) y vestía de azul. La primera vez que la vio vestía de azul: botas café con felpa y suela de goma, jeans estrechos que resaltaban sus caderas perfectas y una blusa como de papel tornasolado azul. Azul, azul ¿cómo era ese azul? ¿Azul como sus ojos? Antonio recordaba casi toda la conversación, las luces del bar y la canción que sonaba. ¿Por qué entonces no recordaba su rostro, esos rasgos característicos que lo habían enamorado de ella? ¿Cómo era su voz mezclada con la de Alice Cooper en la mitad de ese bar iluminado por luces rojas y violetas?  Mala jugada del destino que su memoria recordara lo trivial sobre lo esencial, la prescindible sobre lo aparentemente meritorio. Abajo, frente al bar, dos borrachos enloquecidos se molían a golpes. El sonido de los golpes secos, de las botellas rompiéndose contra el suelo, de la algarabía de los curiosos se estrellaba de lleno contra los cristales de su ventana. Las gotas escurriendo lentas sobre el cristal y el vapor de su respiración como una bruma de la que no se puede escapar. Limpió el vidrio para esclarecer el panorama pero inmediatamente desistió pues lo que iba borrando volvía a empaparse de exhalaciones, como un fantasma de humo frío. El reflejo vago de la luz roja que se proyectaba sobre el vapor se difuminaba en rosas. Y el nombre, ese nombre: Amalia. Amalia. Amalia. La lluvia, la luz, los charcos, Amalia.
            Recordaba que la chispa ardió inmediata. Los días que siguieron al encuentro en el bar fueron una explosión de pasión. ¿Cómo lo miraban sus ojos enamorados? Un nombre y unos parpados cerrados. Amalia y unos ojos de un color anónimo, una persona con una mirada diluida, olvidada. ¿Por qué ahora? ¿Por qué en esta noche recordó su nombre? Como un murmullo gastado, como una brisa lejana. Amalia. ¿Por qué todo se acabó? La pólvora no volvió a explotar, la mecha se empapó de las lágrimas saladas. No hace falta ser un genio para entender. Pero la vida no funciona como las metáforas. La vida no funciona como las películas ni mucho menos como los boleros. El humo ascendía tranquilo hacia el techo, se trepaba por las paredes, se escurría por las lámparas apagadas. El humo inundaba el espacio cerrado, lo hacía pesado para luego desvanecerse en el silencio de la noche. Y aún perduraba el olor a humo, como el nombre de Amalia cuando todo lo demás se había perdido. ¿A qué olía su cabello? ¿A qué sabían sus besos?
            Sólo dos luces tenues iluminaban la habitación de Antonio: el cigarrillo que se consumía despacio ofrecía un halo intermitente al rostro del insomne y las difusas luces rojas del bar, rosas sobre el vapor de la ventana se colaban como podían por la escarcha de hielo sobre los cristales. Pero ambas, en algún momento, se apagarían y todo volvería a quedar oscuro, bañado por la espesa noche, por el recuerdo de un nombre. Amalia. Amalia. Amalia. El humo, la lluvia, los charcos, un perfume olvidado y Amalia. Amalia que lo acompañaba con su ausencia en su soledad, en su esfuerzo por recordarle. El recuerdo es un mecanismo sucio de la mente para no dejarnos continuar, pensó, una asquerosa trampa del corazón para abrumarnos con sus angustias.
            ¿Dónde se había metido Amalia? ¿Por dónde había escapado? ¿Se había desvanecido lentamente como una pila de arena con el viento? Quizá su recuerdo se había desbaratado como un rompecabezas viejo: pieza a pieza su rostro, su voz y sus ojos se había perdido en los parajes nebulosos de su mente. Azul. Recordaba el azul. El azul y una canción de John Lee Hooker. El azul del cielo, de los buses Blue Bird, del vestido de Amalia. Azul era el nombre de un personaje del libro favorito de Amalia. Su mente lo fue llevando hacia asociaciones vacías, a laberintos donde se encontraba siempre de frente con un muro inmenso de concreto. Pero no podía recordar el rostro de Amalia. Por más que buscaba, se esforzaba hasta hacer sangrar los recuerdos pero, de cualquier manera, no podía dar con el cuadro completo de su cara. Quizá un lunar en la mejilla se le aparecía, pero luego no estaba seguro de que le perteneciera a ella. Al final todo era sombras, vapor que se perdía en el espacio inmenso. Quimeras, ilusiones. Fantasmas, como el libro favorito de Amalia.
            El ruido había cesado. Las luces del bar se habían apagado. De aún más lejos le llegaban las luces de los faroles naranjas. Como estrellas lejanas, proyectándose sobre todos los charcos que la lluvia había dejado tras de sí. El humo continuó flotando por la habitación por unos minutos más, aplastándose calmo sobre el techo, explayándose por entre los recovecos de las paredes y los muebles. Y luego la oscuridad casi absoluta. El silencio y la noche que amenazaba con convertirse en día, que amenazaba con acabarse sin traerle el recuerdo completo de Amalia. Recuerdo que la noche le había traído, que le había sacado de la cama, recuerdo que le había llenado la mente de azul. Amalia. Amalia. Azul, las luces rojas hechas rosas, la lluvia, los charcos naranjas, Amalia.
            No se dio cuenta cuando por fin cayó dormido. Las paredes fueron difuminándose lentamente, como tragadas por la bruma y, por un momento, las imágenes se revolvieron formando un espiral extraño hasta que todo cobró sentido. Antes de darse cuenta estaba rodeado de rostros familiares, de luces rojas, de luces violetas. I want to love you but I better not touch, I want to hold you but my senses tell me to stop. Amalia. Como todas las noches Amalia. Y siempre el mismo sueño que por la mañana no podía recordar. Su rostro de nácar, un lunar en la mejilla sobre la comisura de los labios cuando se doblan para sonreír.  La sonrisa de Amalia. La sonrisa que lo enamoró. Y esa mirada, cargada de deseo, de ternura. Bella, su mirada. Azul era el color de la nostalgia calma que le agobió esa noche, como el cielo sobre un desierto cuando no hay nubes. Pardos los ojos de Amalia que le miraban desde el otro lado del bar. Las luces rojas, la lluvia, los charcos anaranjados, Azul, ojos pardos. Cuando despertó Antonio encendió un cigarrillo, dejó que el humo subiera tranquilo hasta el techo y se levantó de la cama, dejando atrás la habitación, la ventana que daba contra el bar y en la almohada unos ojos pardos enredados entre las sábanas.