domingo, 16 de junio de 2013

Conejo asado


Cuando todavía tenía familia por fuera de la ciudad era usual que viajáramos por carretera dos veces por mes a visitarlos junto con mis padres que aún seguían casados. Eran visitas  terriblemente aburridas. Mi hermano tenía problemas de otitis y el cambio de presión en el viaje lo alteraba de forma tal que no dejaba de llorar durante todo el trayecto. Yo trataba de calmarlo haciéndole ver los árboles que se sucedían rápidamente tras la ventana del carro. Él no dejaba de llorar y mi papá, que por demás detestaba manejar, se sentía frustrado y al borde de un ataque de nervios. Desde el asiento de atrás podía ver cómo las venas de su sien palpitaban cubiertas de sudor y ello me asustaba profundamente. Siempre he sido una persona nerviosa y en esos momentos creía que nos íbamos a estrellar contra los camiones que nos adelantaban en curva y parecían no preocuparse por nosotros. Sin embargo, cuando llegaba la hora del almuerzo, la atmósfera se calmaba un poco pues nos acercábamos a un restaurante sobre la carretera que servía conejo asado. Sólo entonces mi hermano se tranquilizaba ya que disfrutaba tanto como yo de ese plato relleno de queso derretido y que tenía  carne suave y jugosa.
            El restaurante pertenecía a un argentino obeso y al borde de un infarto que siempre nos recibía con una sonrisa grasienta e inmensa. Nos agarraba los cachetes con fuerza y luego nos acariciaba tiernamente las mejillas con sus manos rojas, gigantescas. El local era atendido por jovencitos que no llegaban a la mayoría de edad. Tenían la piel como gastada y caminaban con una profunda tristeza, sorteando las mesas de madera chueca y húmeda del local.
            El argentino se sentaba en una sala oscura decorada por sofás de estampados verde chillón, como la vegetación que circundaba al local. Su rostro estaba dibujado por la opacidad de la sala y una extraña lámpara con pantalla de vidrio, también verde, de forma que la inmensa criatura que siempre jadeaba parecía, sentado de esta manera, un monstruo del pantano, cubierto de algas y porquerías ocultas bajo el barro. Yo lo veía fumar lentamente unos puros robustos que desprendían un humo espeso que, a la luz de la atmósfera verde, parecía una bruma fantasmagórica sobre las ciénagas, como si bajo ese humo que flotaba despacio por la habitación se escondieran cocodrilos hambrientos en el silencio espectral. Le brillaban los ojos embebido en la contemplación de los jovencitos que corrían de un lado a otro cargando papas fritas, sopas y conejo asado.
            No recuerdo mucho de esos días. Sólo me llegan algunas imágenes y sensaciones que, puestas en contraste hoy, me suscitan un frío en la espina dorsal y los brazos. Sabía que a mis padres no les gustaba ir allí. No era la comida, pues el conejo asado de ese restaurante era excelente, hasta el punto que estoy seguro que jamás he comido otro mejor. Era otra cosa que en ese entonces no podía comprender. No obstante era obvio que a mis padres les desagradaba la atmósfera del local, tan postizamente tradicional como si hubiesen sacado de un catálogo de lo típico una cantidad de cuadros, artesanías y dichos arrieros y los hubiesen colgado en la pared de madera sintética sin ningún criterio aparente. Supongo que algo no encajaba y entonces ya podía preverlo. Sin embargo, mi hermano se olvidaba del dolor de su oído y devoraba las papas fritas con satisfacción mientras los jovencitos con delantal verde lo veían suspirando cuando ahogaba las frituras con ají y salsa de tomate. El argentino jadeaba en su sofá de estampado floral y sus ojos brillaban desde la sala opaca, mientras fumaba sus robustos tabacos, llenando el aire del local con un tufo a aserrín, vómito y madera quemada.
            Un día en  particular, que por algún azar simbólico quedó guardado por siempre en mis recuerdos, nos sentamos contra una pared de madera sintética. De ella colgaban cuadros derruidos por la humedad tibia del restaurante y los paisajes se difuminaban en atmósferas infectadas de hongos y podredumbre. Me quedé largo tiempo absorto en un cuadro. No sé qué me atraía de ahí pero me resultaba perturbador por lo que sucedía con los pigmentos descarapelados. En él se veían retratados una camada de conejos que pastaban por una pradera iluminada por el sol, atrás se extendían unos árboles difusos que se perdían en una sombra verde. En la mitad del lienzo, como una amenaza silenciosa, un hongo verde había empezado a crecer sobre los conejos. No sé si era producto de la humedad, de mi imaginación o de la poca luz del local pero, por extraño que parezca, los conejos me parecían aterrados, como si tuvieran consciencia del hongo que los iba a devorar, como si trataran de salir del lienzo y quisieran correr por sobre las mesas hacia la salida y la vegetación que circundaba al restaurante, dejando sus pequeñas huellas de barro y óleo por sobre toda la mesa. Pero permanecían estáticos, encerrados en ese cuadro que se cerraba sobre ellos, pudriéndolo todo a su paso.
            Ese día el restaurante estaba a reventar y los meseros vestidos con el delantal verde volaban eludiendo las mesas y las sillas con sorprendente velocidad, como si no hubiese obstáculos y estuviesen andando tranquilos por una pradera. Había uno que se quedaba atrás, un tanto desubicado y contrariado entre los gritos, el olor a conejo asado y el humo del tabaco del argentino que fumaba en la sala oscura. Probablemente era el más joven de los meseros y, cuando salió de la cocina de espaldas, cargando una bandeja que por la cantidad de platos apilados le bloqueaba en gran medida la vista, supe que algo terrible iba a ocurrir. No alcanzó a dar tres pasos cuando un jugo de se le regó sobre el pecho y, tal vez sorprendido por el accidente, dejó caer los platos, uno tras otro al suelo. El arroz se desparramó por todas las tablas de madera envejecida y un conejo asado, que se había abierto en dos, escurrió sus entrañas tibias y cubiertas de queso a pocos centímetros de nuestra mesa.
            Entonces se oyó el grito terrible. Ya los cuchillos habían dejado de cortar la carne jugosa del conejo, las bocas no sorbían aparatosamente los jugos espesos y las risas habían cesado en el mismo instante. La caída de los platos anticipó el grito y, en el silencio que se había generado por el accidente, el grito sonó aún más estridente y espeluznante. La criatura de la sala oscura había despertado de su letargo y con toda la fuerza de sus entrañas inmensas el gritó brotó con fuerza, como un volcán dormido que de repente se riega con su magna ardiente sobre un poblado miserable. El miedo me dejó suspendido en el tiempo en un instante frío y mi hermano pareció recordar los dolores de la otitis en su oído. En ese momento el mesero se echó a llorar. No era un adulto pero mi papá decía que los hombres no lloran y ahora que recuerdo eso me llega de nuevo la impresión de extrañamiento que sentí. En la casa había roto platos y vasos por accidente, incluso una vez rompí una lámpara de porcelana que no se pudo reparar y, aunque temí por la salud de mis nalgas poco acostumbradas al cuero bajo la lluvia fría de la ducha, no se me hubiera ocurrido llorar. Después de todo era un restaurante y seguramente tendrían muchos más platos, arroz y conejo asado. Por ello no entendía el terror en el rostro del joven con delantal verde. Un segundo grito lo llamó a la sala verde y, con resignación, caminó los pocos metros con la desesperación del que recorre el camino a la horca. La puerta se cerró con un golpe seco y el ruido regresó lentamente a inundar la atmosfera del restaurante. Los cuchillos volvieron sobre la carne de conejo, las bocas bebieron los jugos espesos y las risas se alzaron por encima de los gritos terribles que llegaban de la sala oscura.
            Me quedé expectante. Sentí crecer el hongo sobre el cuadro y las manos me sudaron por debajo de la mesa. Pasaron quince minutos o quizás menos pero para ese entonces el tiempo se había hecho tan denso que pude sentir cómo me crecía el pelo y las uñas. Por fin la puerta se abrió con tranquilidad, casi inadvertida y el joven de delantal verde salió caminando extraño y con la cara roja. Las lágrimas se le habían secado en el rostro y sólo quedaba en sus ojos una expresión de terrible tristeza, como si quince años lo hubiesen alcanzado de golpe y recordara distante su juventud dejada al viento. De la sala verde un olor extraño se mezclaba con el humo de un tabaco recién encendido mientras la criatura volvía a su letargo, jadeando en la densa oscuridad de su guarida. Nuestro conejo ya debía a estar por salir y mi hermano olvidó de nuevo el dolor profundo de su oído. Mis padres, por otro lado, se mostraron más tensos y ansiosos.
            El mesero vino con nuestro plato por fin. El conejo humeaba sobre una bandeja de latón o algún otro material barato. En sus ojos muertos no se podían adivinar los rastros de algo que alguna vez había sentido, respirado y, tal vez, amado. Me pregunté si los conejos lloraban por primera vez y luego advertí la mirada del joven de delantal verde sobre mi hermano y sobre mí. Entonces una voz no mucho mayor que la mía se dirigió a mi madre y le dijo:
            ― Cómo están de bonitos sus niños, señora. ― la voz salía con dificultad, como si algo les estorbase en la garganta― Tiene que cuidarlos mucho. Hay gente muy mala allá afuera, que se aprovecha de uno porque uno tiene que comer. ― miró al argentino jadeando en la sala oscura y una lágrima cayó sobre el conejo asado.
            Comimos en silencio y volvimos sobre la carretera rodeada de verde. Mi hermano ya no lloraba y dormía tranquilo. Mi padre respiró aliviado y mi madre permaneció en silencio. Por un instante me pareció ver un rostro triste que se asomaba por una de las ventanas empañadas del restaurante, como uno de los conejos atrapados en el lienzo hasta que el hongo terminara por devorarlo;  pero el carro arrancó rápido y sólo pude ver el verde de los árboles que se sucedían en densas manchas difusas. 

martes, 26 de febrero de 2013

El taburete


Cuando quieres emborracharte poco importa el veneno de turno. Así es que, aplastado en un taburete alto, dejo que las horas trascurran inaprensibles tras la ventana del bar. Carlos limpia una mancha inexistente de un vaso de cristal desde hace varios minutos, tres dedos revestidos de tela inmaculada, el mecánico movimiento de recorrer el borde del vidrio, como si tratara de borrar la huella de unos labios ausente. Me inclino a pensar que María volvió. Habrá cruzado la puerta, dejando tras de sí el sonido terrible de una campanilla que, antes que invitarla dentro, advertía su presencia. Como la trompeta mensajera que augura el avance del enemigo.  Imagino su fantasma sentado en un taburete como el que ahora ocupo, la punta de sus tacones flotando en el aire y sus muslos indómitos en todo el esplendor de la carne tensa en un ángulo perfecto, el suficiente para ocultar promesas salvajes bajo el doblez de su falda negra. Habrá abierto su boca, las fauces seductoras de un réptil escupe fuego legendario, y con un susurro sensual habrá solicitado de Carlos el único servicio que puede proveerle: veneno.
            La tarde se diluye en naranjas violentos sobre el gris del concreto y recuerdo la ficción poética de “beberse el día”. Enciendo un cigarrillo meditando sobre la inverosímil acción: el tratar de condensar la ausencia inconmensurable de un montón indefinido de individuos que recorren la ciudad como hormigas desalentadas, chocando los unos con los otros, el ruido de los carros y las nubes grises. Tomar todo eso, el sufrimiento y las desilusiones infantiles y mezclarlo en un vaso alto con hielo y medio limón, para luego beberlo. Quizás la expresión se refiera al acto de emborracharse en soledad para perder la noción del tiempo, la noción de estar vivo, de estar sufriendo. Carlos pone el vaso sobre la barra, lo examina y luego suspira. Llena mi vaso de ron y me sonríe con el gesto ceniciento del que se muere de dolor. Cortesía de la casa, me dice, levanto el vaso y brindo a su salud. Encuentro mi reflejo tras los vasos en pirámide en el espejo oxidado del bar, donde cientos de solitarios como yo se han encontrado, para luego bajar el rostro tras reconocer el brillo de las lágrimas en su imagen distorsionada por los cristales de los vasos.
            Trato de adivinar hace cuánto se fue María. Cuando ya no puede pagar más tragos Carlos le sigue llenando la copa hasta que, arrastrándola, su marido pasa a buscarla, gritando al humilde cantinero. A veces la golpea e, incluso una vez, tuve que frenar a Carlos para que no le reventara el rostro a puños. Si yo no hubiese intercedido probablemente el tierno gorila que llena mi copa habría acabado con el marido de María. No se hubiera detenido hasta reventarle el cráneo y hacer puré su cerebro, encontrando sus puños el pavimento bajo un reguero de viscosidades y gelatina. Afortunadamente había llegado hacía poco y todavía me preocupaba cuidar esa suerte de amistad que tengo con Carlos. Unos tragos después lo hubiera mandado todo a la mierda. Siempre mando todo a la mierda cuando me estoy envenenando.
            Entonces Carlos trae un pequeño vaso de la estantería sobre el neón azul de Budweiser  y se sirve un trago de tequila. Brinda a mi salud y golpea el pequeño recipiente contra la barra. Sonríe ahora de verdad y lo contemplo en toda su estupidez. Carlos parece un inmenso bebé con retraso, como los de los relatos de Oé, unas bestias casi míticas ajena a los yugos que imponen la ética y demás construcciones de la razón humana. Recuerdo a Dwight en Sin City  y todo lo que decía sobre Mark y me parece apropiado aplicarlo a Carlos. El inmenso titán de corazón de oro. El torpe de Of Mice and Men. Carlos y María. Juro que un día terminará rompiéndole el cuello a su esposo, sólo para poder contemplar a su juguete mientras ella duerme, soltando baba y moco de ginebra y tónica, con el labial corrido y la ceniza de su cigarrillo sobre el espacio que separa sus senos por escasos centímetros. Entonces se llevaría un dedo a los labios, en un gesto infantil que no podría evitar, me serviría otro trago. Yo callaría y bebería a su salud, mientras el cuerpo inerte de su esposo lentamente se va enfriando, con los ojos clavados en la botella de neón amarillo de corona.
            ― ¿Ha venido María hoy, Carlos?
            ― ¿Qué te hace pensar eso?
            ― El hecho de que siempre viene, que has limpiado ese vaso desde que llegue. ¿Estás tratando de borrar la huella de un beso que nunca te dio, una promesa que se perdió en el aire, velada por el humo de sus cigarrillos light?
            ― ¿Qué?
            ― Nada. Sírveme otro, tengo la garganta seca.
            ― Claro. Cortesía de la casa.
            ― A tu salud, Carlos.
            ― A la nuestra, siempre a la nuestra.
Por un momento intento descifrar si se refiere a nosotros dos, solitarios del naufragio que son nuestro días, atados a esta barra larga que nos separa, para no perdernos en la marea inmunda de la soledad o si, por el contrario, se refiere a la salud de su amada, al objeto inaprensible de su pueril enamoramiento. Entonces se sirve otro trago y clava su mirada en el taburete vacío junto a mí. Alza el rostro hacia una nube de humo que ha estado desde que llegué gravitando por el bar, iluminada por el neón azul de Budweiser. Luego sonríe con melancólico desdén y creo oírlo murmurar: “siempre a nuestra salud, siempre.”
            Afuera el día se hace noche y, quizás porque estoy envenenado, creo oír un ruido de tacones, mezclándose con el murmullo de los carros y los pasos de la multitud informe. El rostro de Carlos se tuerce en una mueca estúpida mientras levanta su vaso al vacío, hacia un taburete junto a mí.

martes, 17 de julio de 2012

Intantes cordobeses III: Equivocar el rumbo


En Bogotá las calles están numeradas. Carreras y calles tienen los nombres de números y su progresión es, en teoría, ordenada. De forma que calcular las distancias resulta en un ejercicio relativamente sencillo. En Córdoba, como en muchas otras ciudades del mundo, las calles tienen nombres históricos. Esto me ha confundido en la medida en que quiero moverme libremente por la ciudad pero no tengo idea de hacía dónde estoy yendo. Tengo que consultar el mapa que me dieron en el aeropuerto cada tanto, para encontrar los sitios que he señalado como de interés. A veces, no obstante, lo guardo en mi gabán y me olvido de su existencia. Entonces la ciudad se convierte en un laberinto, acaso para que descubra cada detalle mágico que esconde guiado por la música del azar. Ayer me dejé llevar por las avenidas y encontré una fastuosa catedral capuchina a la que ingresé solo, a pesar de la innata aversión que me producen las estatuas religiosas principalmente por sus ojos congelados en un instante doloso. Luego quedé fascinado por una fuente de roca donde el agua cae libremente sobre la cabeza de unos simios. Ya había visto varias fuentes, algunas de leones, de ángeles. Están dispuestas por toda la ciudad casi arbitrariamente pues no son monumentos de nada, vigilan cafetines o quioscos de prensa. Al equivocar el rumbo, al extraviarme en la ciudad he encontrado la emoción de encontrar fuentes. Ellas no están marcadas en el mapa así que sólo puedo dar con ellas guiado por la casualidad, un giro en una esquina al que me obliga el instinto. Es fantástico estar parado en la mitad de lo desconocido y encontrarse con el sonido del agua entre el tráfico y las voces.  

Intantes cordobeses II: Primer poeta argentino


Córdoba no sólo es la cuna de la primera universidad argentina, cuarta a nivel latinoamericano, sino también ostenta el título de ser la ciudad de origen del primer poeta argentino: José Luis de Tejeda y Guzmán. La obra del argentino está revestida del espíritu barroco de la poesía religiosa del siglo XVI y XVII. Poco he encontrado de su obra regado en la red, quizás debería buscar sus libros en algún museo. La sola idea me asusta, el buscar la poesía como un testimonio histórico más que por su calidad estética me angustia sin saber muy bien el porqué de esta turbación. Ahora bien, dando vueltas por la ciudad, por sus iglesias, me he encontrado con placas que conmemoran el nacimiento del poeta. Es como si la religiosidad inmanente al espíritu cordobés estuviese revestido de la belleza del lenguaje, la celebración de la santidad, del amor metafísico a Dios a través de la pulcritud del verso. Siempre me he declarado abiertamente ateo, pero las iglesias que están ligadas de alguna u otra manera a José Luis de Tejeda operan con un magnetismo indescifrable sobre mi persona. Y ya no puedo dejar de visitar una iglesia sin pensar en el poeta, aunque su construcción fuera posterior a la muerte de Tejeda, porque cada ícono me remite a un verso de la tradición, cada pintura me recuerda la simbología que he estudiado y cómo cada una de ellas es narrativa, da razón de la vida de los santos. Igual que la obra de Tejeda, primer poeta argentino.

Instantes cordobeses I: Primeras impresiones


Fundada en 1573 por el sevillano Jerónimo Luis de Cabrera, la ciudad de Córdoba, Argentina, es la típica ciudad colonial latinoamericana. La Plaza San Martín, cercana al hotel donde me hospedo, es el núcleo fundacional de la capital de la provincia homónima de Córdoba. La Catedral, la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, colinda con el antiguo Ayuntamiento (hoy un museo histórico donde convergen obras de distintos periodos de la producción artística cordobesa). He subido al campanario de la Catedral y he observado, hasta donde me alcanza la mirada, la ciudad. La arquitectura colonial convive con las edificaciones modernas, de forma que Córdoba por un lado reconoce su importancia histórica y, por el otro, permite el libre desarrollo urbano propio de los tiempos modernos, convirtiéndose en un importante centro cultural, económico, educativo, financiero y de entretenimiento argentino. No deja de sorprenderme este contraste pues, más que preservarse en el tiempo, la ciudad valora su legado y mira hacia adelante, al progreso. Esperemos que el momento que ocupa la historia argentina contemporánea no perjudique estas ansías de crecimiento. 

viernes, 15 de junio de 2012

Para mi, los toros


Me dije que no escribiría nunca una columna de opinión, que este blog serviría para registrar mis avances en la creación literaria y que, puesto que firmo con un seudónimo, no debería permitir que mis opiniones personales se interpusieran en este espacio donde publico mis cuentos y simulacros de poemas. No obstante no sé desde dónde más puedo difundir mi opinión sobre un tema tan polémico como son las corridas de toros.
         No soy un experto en el tema y pretendo dejarlo claro desde un principio. He hablado y he escuchado a profesionales de la industria taurina, así como también lo he hecho con las personas que se oponen pasionalmente a las corridas y, luego, me permití asistir a una corrida para establecer yo mismo mi opinión sobre el asunto. Recuerdo ahora cuando mi padre se iba los domingos de enero y febrero a la Santa María, recuerdo mis reproches por el maltrato animal y lo mucho que censuraba su comportamiento. Para mi no era más que un espacio donde un grupo de beodos se reunía bajo el sol a ver cómo acribillaban a un indefenso animal, mientras departían sobre un arte que no creí existiera y se emborrachaban. Recuerdo también cuando mi padre, el mismo al que censuré centenar de veces, me llamó desde Manizales a decirme que si no indultaban al toro Abogado iba a saltar al ruedo y se hacía matar por él. Entonces no comprendí. Hoy, después de todo lo que he visto, sé que yo lo hubiera acompañado.
                Y es que las corridas no son un lugar para celebrar la muerte, sino la lucha por la vida. El brío, el temple, el valor, el no flaquear ni bajar la cabeza son una metáfora de la existencia, de los verdaderos valores que están impresos en obras de la cultura de occidente como La Ilíada o La Odisea. Recuerdo las vicisitudes que afrontó Ulises en su atropellado regreso a Ítaca y no puedo más que compararlo con la faena donde un toro lucha por su derecho a vivir.
                La tauromaquia no es sólo la corrida de toros moderna. La tauromaquia es una larga tradición que se remonta a Mesopotamia, Creta, Egipto, Francia y otros lugares donde el toro fue venerado por su carácter sagrado. Porque eso es para nosotros, los aficionados, la figura del toro de lidia: un animal tan noble y bello que tiene la oportunidad, en la construcción perfectamente ególatra de la personalidad humana de saberse por encima de las demás especies, de luchar por su vida, de enfrentarse cara a cara con el torero. El toro no ha perdido su valor místico primigenio para nosotros, no ha dejado de ser esa criatura digna de alabanza, de celebración. El toro, en su calidad de fiero y noble, es el animal más cercano a la perfección. Basta con mirar su afilada cornamenta, su lomo como cascada de musculatura, el color de su pelaje bajo una tarde de sol. Verlo allí, en la mitad del ruedo, en un afán por sobrevivir, por ganar su derecho a la existencia despreocupada del reproductor es la necesidad que lleva a los taurinos a reunirse en ese espacio, que hoy atraviesa su peor momento, que es la plaza.
        Somos taurinos porque amamos al toro. El torero es algo accesorio, un mecanismo lleno de arte y habilidad, que permite al toro mostrar su encaste, es decir, la raza, la bravura tatuada en su genética. Se necesita de un buen torero para que brille un toro y si se reconoce tanto a celebridades taurinas como Sebastián Castella o a Julián López “El Juli”, es porque sólo personas hechas a fuerza de tropezar, de ser arrollados por la fuerza del animal, comprenden cómo es posible mostrar a un ruedo crítico las virtudes del toro.
                Entonces vamos a la plaza por el animal, con la esperanza de verlo en plena gloria, con la esperanza de verlo sobrevivir. No voy a defender al toreo como el arte suprema, pues caería en el lugar de la arrogancia de tantos aficionados taurinos que tachan a los que no comprenden la lidia de ignorantes. Para mi la fiesta está revestida de un fuerte atributo estético y, por encima de la bota con manzanilla y jerez, yo voy a los toros precisamente a admirarlos. Porque nada hay más bello a mi entender que un toro que busca con la fuerza de su embestida y la precisión de sus ataques el indulto.
                Podría extenderme largo sobre cada uno de los momentos de la lidia, defender el por qué de las banderillas y las picas y caer en tantas discusiones que ya han circulado por allí, con mejores argumentos que los que un aficionado amateur como soy pudiera plantear. Una cosa si es cierta y es quizá lo último que deba decir: el toro de lidia está hecho para el combate. Ninguna otra razón garantiza su existencia más allá de la fiesta. En los tiempos que vivimos es imposible pensar al toro de lidia como un animal para la ganadería: su fiereza hace imposible su crianza a gran escala, por lo que sólo un toro requiere del mismo espacio que un elevado número de vacas para ser criado, para crecer. No es sino encerrar a dos toros de lidia en un terreno de mil metros cuadrados. Se matan. Lo llevan en la sangre. El momento donde el toro manifiesta más estrés es justo antes de entrar en el ruedo. No porque, como han asegurado varias fuentes de internet, al toro se le maltrata antes de la lidia, o se le pulan los pitones (sus cuernos), o se le mezcle su alimentación con píldoras diarreicas. No. El momento es estresante porque el toro cree que se va a enfrentar con un igual, con otra fiera por la que tendrá que luchar su territorio.
                El toro está hecho para el combate, para morir en el ruedo o para que su nombre se eleve para siempre en la memoria como el de aquel animal regio que logró ganar su vida, que tanto luchó sin flaquear que obtuvo por fin el indulto, pues una plaza a gritos así lo exigía. A ese toro voy a ver yo. A ese toro es al que me le quito el sombrero y por el que celebro con un trago. De ese toro es del que hablo cuando han pasado los días. Tengo necesidad de ver a la estirpe de Abogado siguiendo los pasos de su progenitor. Tengo necesidad de ver una corrida donde el toro no desfallezca porque es una metáfora de la vida misma, un recordatorio de que yo tampoco me puedo dejar vencer.
                Quisiera decir, ya para concluir, que la fiesta me ha enseñado tantas cosas como no logré aprender en el colegio o en mis años universitarios. Las máximas taurinas han prefigurado mi comportamiento. Alguna vez Manuel García Cuesta, "El Espartero" pronunció su famosa “más cornás da el hambre” refiriéndose a una cornada que le costaría la vida. En esas cinco palabras he configurado mi existencia, la necesidad de seguir luchando. He aprendido a luchar, a no desfallecer, a que si caigo es menester levantarme y seguir dando guerra, siempre con la cabeza en alto, siempre bajo el sol.   Y quizá algún día  la vida me regale el indulto, para por fin poder empezar a vivirla.  

miércoles, 2 de mayo de 2012

Ojos (Toma II)


El universo no basta para abarcar tu mirada. Tus ojos son dos océanos negros, negrísimos, donde naufragan mis miedos. Tus ojos ― pupilas vestidas de noche, blanca verdad de gelatina, azufre y sombra― me darán muerte. Y es que nací con tu mirada que es toda la luz del mundo. Y es que cuando parpadean muero por un instante. No tengo que hacer un poema de tu mirada: ella sola es poesía. Ojos negros de tierra, breva, mineral.

Mírame, pequeña, mírame. Devela las tormentas de mi mirada, el fuego del abismo bajo mis parpados. Si los ojos son la ventana del alma (como afirman los malos poetas), déjate caer en el ruido de la mía. Sólo mirémonos en el núcleo mismo de lo que somos. Arranca mi piel con tus ojos, mírame hasta que sangre. Mírame hasta que parpadeemos, hasta que nos agarre el sueño. Y en el baile de mis parpados cerrados encontraré de nuevo tu mirada, el océano negro, negrísimo, donde naufragan mis miedos.