Al
entrar a su casa Andrés olvidó cerrar la puerta. Venía apresurado del colegio
por la noticia que le llevaba a su madre: este período no había perdido ninguna
materia. Estaba seguro que ella le permitiría comprarse un helado en la tienda
del barrio. Se reprochó su torpeza con un golpe suave sobre la frente y se
devolvió hacia la gran reja blanca que daba entrada a su casa. Tras cerrar la
puerta dejó su maleta en una poltrona vieja y mugrienta, se quitó los zapatos y
procedió a saludarla, con la libreta de calificaciones en una mano y una gran
sonrisa dibujada en su rostro regordete y sonrosado por el sol.
― ¡Mamá!― gritó mientras caminaba por el espacio mínimo y polvoriento de su
hogar― ¡Mama! Hoy entregaron notas en el colegio.
Pero a la alegría de sus llamados sólo respondió el silencio.
Decidió entrar a la habitación, un lugar oscuro y tibio donde dormía la
gigantesca figura de su madre. Atravesó el umbral de la puerta y un halo de luz
iluminó el polvo y la mugre que flotaba por doquier. De niño le gustaba jugar a
atrapar virutas de oro que se desprendían del cielo, pero ahora sabía que no
era más que suciedad lo que flotaba por toda la habitación cerrada. Un
escalofrío le recorrió todo el cuerpo.
― Mamá ¿estás dormida?―preguntó mientras pisaba el tapete lleno de manchas.
― ¿Qué quieres? ― le respondió una voz cavernosa, como el gruñido de un animal
aletargado.
― Hoy nos dieron el boletín de calificaciones. Don Agustín me ha puesto tres
estrellas doradas.
― ¿Por qué no han sido más? Cinco o seis― dijo la madre que yacía bajo las
sábanas sucias y pesadas por el sudor de su cuerpo ― siempre estás
desilusionándome… yo aquí pudriéndome en mi miseria y el carajito dichoso de la
vida vagando en el colegio.
La máquina que la mantenía con vida soltó una serie de pitidos agudos y Andrés
se acercó a cambiar la bolsa de orina que, alimentada por un tubo plástico bajo
las sábanas, colgaba de un armatoste metálico y rudimentario.
― Pero mamá… he sido de los primeros de la clase. He izado bandera tres veces
por mi buena conducta.
― Pero no eres el primero y para mí vale tanto como si fueras el último― le
respondió su madre con un gemido ronco, tenebroso bajo las cobijas y en la
oscuridad tibia de la habitación cerrada.
―Mamá…
Pero la madre no escuchaba, ni siquiera vio las lágrimas que escurrían silenciosas
por el rostro de su hijo. Perdida en sus recuerdos se reprochó haberse
permitido tenerlo tan vieja y recordó al miserable que la había cambiado por
una secretaria del barrio, significativamente más joven y de cintura más
discreta.
― Vete. No quiero verte, no quiero oírte, lárgate.
Ahora las lágrimas fluían descontroladas por el rostro regordete de Andrés,
cayendo sobre el boletín de notas que al primer contacto con ellas fue borrando
su nombre, convirtiéndolo en una imagen difusa e ilegible.
― Volveré más tarde para traerte la comida, te quiero mamita.
Pero a la súplica disfrazada de sus afectos sólo respondió el silencio y la
máquina que pitaba a intervalos regulares conectada a la obesa humanidad de su
madre que, ahora, le daba la espalda. Por un momento Andrés pensó romper su
marranito para comprar un helado en la tienda del barrio, después de de todo
creía merecerlo, pero recordó que faltaba poco menos de un mes para el día de las madres.
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