miércoles, 7 de septiembre de 2011

Bajo la sombra de un viejo árbol

Primero dibujó un rostro. Tenía forma de huevo y en la parte baja la curvatura se veía interrumpida a veces por un pulso inseguro y torpe. Le pintó una sonrisa con una crayola verde limón y los ojos los hizo con un esfero azul al que le quedaba poca tinta y al que le habían mordido varias veces la parte de atrás. Un cuerpo anaranjado, como la cabeza, de formas asimétricas y, en la parte de arriba, dibujó un sol oblongo rojo, con rayas saliéndole a los lados también naranjas. Escribió Ruperto en la parte de arriba y la erre la dibujó al revés, pues todavía no sabía escribir del todo bien. Le gustaba el nombre. Le despertaba una risa leve,  como si fuera un personaje cómico, un nombre que nunca imaginó tendría alguna persona más que su Ruperto pero que había oído muchas veces en un contexto gracioso. Lo pegó con la cinta que sobró de la envoltura del regalo de cumpleaños que había recibido de su padre y, al final, agregó con crayolas de varios colores  “mi mejor amigo”.
             
      Salió corriendo pues lo iba a dejar el bus y se despidió de su madre cuando cerraba la puerta, de forma que las últimas palabras fueron silenciadas por un portazo precipitado. Una vez sentado en el asiento junto a la coordinadora del pequeño bus, se puso a cantar una canción que le había oído cantar a su empleada mientras planchaba. Se sentaba al lado de aquella señora para que nadie pudiera molestarlo, pegarle golpes con la palma de la mano en la cabeza ni burlarse de que su mamá lo obligaba a meterse la camisa dentro del pantalón. Una vez sentado en el bus se puso a hablar con Ruperto. Él también se sentaba en la silla de la monitora porque le gustaba el olor de su champú y las pequeñas pepitas blancas que adornaban sus uñas rojas, como si fueran pequeñas flores. Pensaba que sólo una mujer tan dulce podría tener florecitas en las uñas y por eso olía a primavera, como a manzanilla, como a pradera.
             
            Ruperto le habló de un reino lleno de castillos medievales, donde el cauce de los ríos llevaba siempre un montón de peces de colores. Le contó también que en ese reino vivía una princesa que no podía salir de la torre de su palacio porque su malvada madrastra, después de envenenar al rey, su esposo, se había quedado con todo el reino. Le dijo que la princesa  vivía muy sola y le preguntó si quería acompañarlo a ese reino lejano, lleno de colores y criaturas fantásticas, para rescatar a la princesa. Así podrían vivir los tres muy felices. Le gustó la idea y abrazó a Ruperto, le dio las gracias por invitarlo a tan maravillosa aventura y trató de dormir un poco antes de llegar al colegio. Su amigo siempre le contaba las mejores historias y le gustaba dormir después de escucharlas para poder soñar con ellas. En su sueño se vio junto a él y la princesa riendo, con los pies desnudos sumergidos en un río. Los peces de colores les daban pequeños besos de pez y les hacían cosquillas. Recostó su cabeza en el hombro de Ruperto y sonrió.
            
          No le gustaba llegar al colegio. No le gustaba, para nada, el colegio. Los niños más grandes e incluso sus mismos compañeros de curso jugaban a quitarle la maleta y a tirarla de un lado para otro, mientras él sólo podía perseguirla con los brazos estirados, llegando siempre tarde pues la camisa dentro del pantalón le estorbaba el correr y lo hacía sudar más rápido. En esas situaciones Ruperto nunca estaba, Ruperto sólo aparecía para consolarlo, para decirle que no importaba  lo que pasará él, Ruperto, siempre sería su amigo y jugaría con él.
          
      En las clases siempre se sentaban el uno al lado del otro. Se contaban chistes y trataban de no reírse para que la profesora no se molestara. Los otros niños volvían la cabeza hacia ellos y, con el índice erguido, hacían pequeños círculos cerca a la sien mientras sacaban la lengua y bizqueaban los ojos. A él no le importaba, Ruperto estaba a su lado y lo respaldaba para que fuera feliz. Se intercambiaban notas que dibujaban con una caja de crayolas que habían robado del salón de arte. Habían reservado esas crayolas específicas para intercambiar correspondencia,  eran muy especiales puesto que las habían hurtado en conjunto. Era como si algo más allá de ellos mismos  los atara a esa caja de crayolas, a sus cartas y a su amistad.
            
        En el recreo, se sentaban juntos bajo la sombra de un árbol viejo que había en el patio y hablaban, intercambiaban onces y hacían planes para poder vivir todas las aventuras que tenían en mente. A él nunca lo invitaban a jugar fútbol porque decían que era muy gordo y no podía correr rápido. Muchas veces había intentado decirles que podía ser el arquero, que su papá lo había estado entrenando y que no iba a dejar pasar ningún gol, ni uno sólo. Les hablaba de lo duro que entrenaban, les mostraba sus codos raspados y las rodillas llenas de costras por cicatrizar. Les decía lo duro que era su padre como entrenador, que entrenaban casi tres horas todos los sábados en el parque del barrio. Pero siempre lo ignoraban y sólo Ruperto lo invitaba a seguir intentándolo, seguro que algún día lo dejarían jugar y, entonces, nunca más buscarían otro arquero, pues se darían cuenta que él era el mejor. Le agradecía a su amigo en silencio y, como si no hubiese pasado nada, le seguía contando de cómo montarían los caballos y cazarían a los dragones del Monte Rojo. Le contaba a Ruperto ésta y más ideas con una falsa sonrisa, como si no estuviera triste, como si no quisiera llorar ahí mismo en la mitad del patio, como si el corazón no se le hiciera pedazos cada vez que los demás niños lo rechazaban.
             
        Los días pasaban y parecía como si nunca llegaría a poder compenetrarse con sus compañeros de clase. Su único amigo era Ruperto. El único que lo escuchaba, sentados a la sombra del viejo árbol del patio era él. Sólo su amigo entendía lo solo que se sentía y hacia todo lo posible, contándole historias, para que se su tristeza no fuera tan grande. Pero un día Daniel, el niño que normalmente jugaba como arquero con sus compañeros de curso, se enfermó y no pudo ir a clase. Sentado bajo el árbol, junto a Ruperto, escuchó por fin una voz que lo llamaba y le decía gordo, Daniel no vino al colegio ¿quiere tapar? No podía creer lo que escuchaba. Después de tanto tiempo en soledad, después de todos los fines de semana empleados con su padre aprendiendo a evitar que la pelota entrara en el arco, después de tantas lágrimas, por fin lo dejaban jugar.
           
       Salió corriendo con dirección al arco y se plantó cuán gordo era en la mitad de los tres tubos metálicos. El balón se movía de un lado a otro. Se elevaba, rebotaba y se escabullía por entre las piernas de los niños que jugaban. Pero nunca entró a la portería. Todos los tiros eran atrapados por sus hábiles manos. Pese a su gordura era rápido al moverse de un lado a otro. Nunca había estado tan feliz, nunca había sentido esa emoción, ni siquiera cuando Ruperto le contaba todos sus planes, todas sus posibles aventuras, cómo rescatarían princesas, cómo matarían ogros y brujas. Entonces le agarró una angustia: se había olvidado completamente de su amigo. Volteó la cabeza con dirección al árbol y allí lo vio: todo su rostro de crayola estaba triste, sus brazos de palillos se empezaron a desvanecer mientras se despedía con la mano y miraba, con sus ojos de azul de esfero, con dirección al arco. Una lágrima azul rodó por su rostro blanco, de contornos anaranjados, mientras se iba caminando hacia el horizonte y el cuerpo se convertía progresivamente en la brisa del viento. En ese momento un gol atravesó la portería y se estrelló contra la roída red. Y entonces, Ruperto se fue para siempre. Desapareció debajo del viejo árbol del patio del colegio. Los gritos le llegaron como de otra dimensión, pero no les prestó atención. Una lágrima le resbalo por sus cachetes redondos mientras se despedía, para toda la vida, de Ruperto.

No hay comentarios:

Publicar un comentario