viernes, 25 de noviembre de 2011

Sala de espera

Perdí el conocimiento. Cuando Daniela empezó a pujar, cuando su rostro empezó a volverse en una mueca de dolor y esfuerzo, y las máquinas empezaron a ondular en pulsos de verde eléctrico y números cuyo significado yo no entendía, me desmayé. Las enfermeras preguntaron si era hemofóbico cuando recobré el conocimiento en un consultorio cercano. Tuvieron que explicarme que era el miedo a la sangre. Quise hacer un chiste con respecto a tener miedo a la responsabilidad, pero no sabía la raíz latina o griega, o lo que fuera, para esa palabra, así que me limité a mover la cabeza de un lado a otro, mientras sentía como las imágenes iban llegando lentamente a mi campo visual. Un estetoscopio, una bata blanca de la que se asomaba un paquete de cigarrillos, el cuadro de “use it or lose it” lleno de condones de colores colgado sobre la camilla de cuero negra donde estaba acostado. Y las luces. Esas malditas luces blancas.
           Daniela acostada en una cama, manchando las sábanas con la plasma de su vientre, daba a luz a nuestro primer hijo. Sabíamos, desde el primer momento, que el embarazo iba a ser complicado. Más de una vez me levanté de la cama sin encontrarla a mi lado, sólo para descubrirla en la opacidad de la madrugada vaciando sus tripas en el inodoro. Pero siempre habíamos querido tener un hijo, envejecer juntos compartiendo sus triunfos, orgullosos cada día de que su vida saliera bien tras nuestros esfuerzos. Así es que nos arriesgamos, sin ninguna garantía más allá de nuestro amor, un amor sincero que, creíamos, podría sortear cualquier obstáculo. De cualquier manera el amor nos había llevado allí, a ese momento, y lleno de amor esperaba el nacimiento del bebé que la ecografía había confirmado como un varón. Deseé con todas mis fuerzas que mi padre no hubiese muerto para que me acompañase en un momento tan crítico. Me reproché haber perdido el conocimiento y no haber podido acompañar a Daniela en ese momento. Cada veinte minutos tenía que abandonar el hospital para fumar un cigarrillo rápidamente para luego volver a sentarme en una de esas sillas incómodas que, alineadas con una varilla de metal negro en grupos de cinco, me recordaban la futilidad del confort, bajo esas luces blancas que me aletargaban. Observé el largo pasillo blanco que me recordaba un gran túnel de luz, revestidas de blanco todas sus paredes y sin ningún cuadro colgando de ellas.
            La sala de espera quedaba cerca de la entrada de urgencias. Como era de noche pude ver la gente que llegaba herida de la ciudad. Frente a mí desfilaron camillas con gente víctima de accidentes de tráfico, herida por peleas callejeras o simplemente con mala suerte, víctima de un atraco que salió mal. Había, también, un televisor muerto, sin imagen que simplemente colgaba de un armatoste frío y gris, estorbando el paso de las camillas que, de cuando en cuando en medio del afán, tropezaba con el aparato mudo. Me levanté para comer algo de la máquina dispensadora de alimentos que quedaba en el muro al frente del televisor. Comida fría conservada quién sabe hace cuánto. Marqué G5, el código de unas papas de limón, y C7, el de un jugo de mango en cajita tetrapack. Me senté en la misma silla donde había tratado de permanecer tranquilo mientras Daniela jadeaba agitada en la sala de partos y observé a la gente que, en el silencio del anonimato, me acompañaban esa noche. Quería hablar con alguno pero cada quien tendría sus angustias y la conversación no sería natural, no nos conoceríamos más allá de nuestras angustias.
            Treinta y cinco años es una edad complicada para tener un hijo. Daniela lo sabía, yo lo sabía. El médico dijo que había una gran posibilidad de que el bebé naciera enfermo, frágil. No importa, dijimos, lo querremos igual, lo amaremos aún más si eso es posible.  Fuimos a esas clases de yoga en pareja para ayudar a no sé qué de la placenta, a que el bebé respirara mejor en el útero que día a día iba creciendo junto a nuestro hijo. Las contracciones nos agarraron en casa, mientras veíamos televisión. A partir del octavo mes todo había sido tiempo perdido, una dilación absurda de horas en las que esperábamos a que llegara el bebé. No vivíamos nuestras vidas esperando que se resolviera la de él. No obstante las contracciones nos agarraron desprevenidos. Daniela rompió fuente en el parqueadero del hospital. No llamamos a una ambulancia sino que la monté rápido en el asiento de atrás de mi carro, José, el portero, me ayudó a acomodarle la cabeza en una almohada que guardábamos allí. No alcancé a avisar a nadie y una vez en la clínica me olvidé de la existencia de todo el mundo salvo la de Daniela, el bebé y el médico que la ayudaba en ese tortuoso procedimiento. Cuando llegamos a la clínica y la subieron a una camilla le sostuve la mano corriendo junto a la camilla que, veloz y efectiva, atravesaba el gran corredor blanco, bajo luces que desaparecían rápidamente y que no parecían esferas blancas sino una larga carretera luminosa bajo el techo, un camino de luz que acompañaba a Daniela en su agitada tarea. Luego me desmayé.
            Una señora al lado mío lloraba. Tenía el pelo despelucado, las manos sobre el rosto y su espalda se contraía en espasmos atropellados. Era un llanto calmo, sin escándalo, resignado. Al fondo de la sala un hombre dormía tranquilo, el movimiento de sus parpados era lo único que lo diferenciaba de un cadáver yerto. Ni siquiera se movía. Una enfermera vestida de blanco me preguntó si ya me habían atendido y, al enterarse de que sí, se quedó sin saber qué hacer. Un hombre entró gritando por la puerta de vidrio. Le habían abierto el estómago a cuchilladas, jadeaba con las manos sobre el pecho y sobre su frente se dibujaban líneas de sudor frío mientras el color se iba yendo lentamente de su rostro. La enfermera que me había hablado salió de su estupor y llamó a gritos una camilla, aun así el señor que dormía atrás siguió inmerso en su letargo, aun así la señora a mi lado siguió llorando la muerte de su hijo. Se lo llevaron en la misma camilla que se llevaron a Daniela, o en una igual, ya ni sé. Acá en el hospital todo pierde sentido, todo es igual, abrigados bajo las mismas luces blancas, protegidos por las mismas paredes de idéntico color. Muriendo o dando vida a todos se los llevan por el mismo túnel blanco. Hacia la sala de operaciones, la morgue o la salsa de parto. El mismo pasillo que comienza en la sala de espera, donde el tiempo queda diluido hasta que las puertas se abran con la noticia. Es un varón dirían apenas se abrieran para mí, y todo volvería a su flujo normal, al mismo ritmo de siempre.
            Me quedé dormido. Soñé en blanco, eso recuerdo. Un gran túnel blanco era todo mi sueño, una larga sucesión de luces blancas. Una mano me sacudió suavemente y desperté. Las puertas se abrieron para mí y un doctor apareció frente al gran túnel de luz, me dijo que mi esposa estaba en la sala de recuperación. Cuando me disponía a salir para allá me agarró suavemente y, al voltearme hacia él, me miró a los ojos. Lo siento, dijo lentamente, hicimos todo lo que pudimos pero el cordón umbilical salió amarrado al cuello. Nació muerto, me dijo, lo siento. Todo se volvió un remolino entonces. Las luces, la sala de espera con su máquina de comida y su televisor apagado, las hileras de sillas quietas, la gente que ocupaba el lugar. Nacer muerto, que horrible. Mi hijo no alcanzó a ver la luz del mundo sino que se encontró de frente con la del final del túnel, sin siquiera haber recorrido el camino de su propia vida. Su existencia terminó sin siquiera haber empezado. Caminé lentamente el gran pasillo blanco, como un túnel de luz, hacia la sala de recuperación donde, manchada de sangre sobre su bata y sus sábanas blancas, Daniela me esperaba.

No hay comentarios:

Publicar un comentario